Por las calles de Madrid

Caminaba por las calles de aquella ciudad que creía conocer como la palma de su mano. Miguel era un hombre de negocios que tenía una agenda complicada. Todos los días caminaba desde su casa hasta la parada del autobús. Abordaba el número 14 y se dirigía a su oficina detrás del Banco de España. Odiaba esa parada, Cibeles, siempre llena de turistas que buscaban un sitio para fotografiarse con la fuente y con el Palacio de las Cibeles de fondo. Eran un estorbo.

—Malditos turistas—exclamó, mientras dos mujeres se atravesaban frente a él para hacerse una selfie. De pronto, un joven con mochila al hombro, que viajaba en un monopatín perdió el control, estrellándose directamente contra Miguel.

Despertó en el hospital lleno de tubos y conectado a una máquina. Los médicos entraron y le quitaron los tubos que lo ayudaban a respirar. Volteó, buscando a su novia, la mujer con la que había compartido un hogar los últimos cinco años. No estaba ahí. Los médicos empezaron a hacerle preguntas. ¿Sabía su nombre? ¡Claro que lo sabía! Que dónde trabajaba ¡Absurda pregunta, claro que lo sabía! Le preguntaron el nombre del Rey y del Presidente. Sabía lo que le había ocurrido ¡Que si lo sabía! ¡Todo fue culpa de unas malditas turistas y de un joven en una de esas máquinas infernales! Al menos veinte preguntas que pudo responder, hasta que llegó la pregunta sobre la fecha. Él respondió y los médicos se quedaron en silencio.

Todos los médicos se observaban. Ninguno se atrevía a comentar. Al final, el más viejo y respetado de todos le dio la noticia. Habían pasado seis meses desde su accidente y había estado en coma todo este tiempo. Miguel pensaba que era una broma, no podían haber pasado seis meses. Recordaba con exactitud lo último que había desayunado y los titulares del periódico que leía en su trayecto. Tenía muy clara su agenda del día y el contenido del contrato con los japoneses. Tuvo que ver un periódico para creer a los médicos, quienes agregaban que milagrosamente no tenía daños físicos perceptibles y que, con fisioterapia, podría recuperar pronto la movilidad.

Miguel se atrevió, entonces, a preguntar al médico —¿Dónde está Almudena? —El médico respondió con tono grave—Se fue, le dejó una carta—Miguel se quedó helado. Una enfermera entró y le leyó la carta, más buen una nota de unas cuantas líneas en las que Almudena le decía que ella no había nacido hermosa para cuidar a un vegetal. En el sobre, que había dejado un mes después del ingreso de Miguel al hospital, estaban las llaves de su casa. La enfermera respondió la pregunta que él le hizo—No. No venía sola cuando vino a entregar el sobre. Venía con un caballero.

¡Un caballero! pensaba Miguel ¡Ni ese un caballero, ni ella una dama! Él siempre supo que era una interesada que solo estaba con él por su posición y dinero. Decidió dejar eso atrás y enfocarse tan solo en su terapia. En los siguientes días fue recibiendo noticias. Su empresa lo había remplazado por uno de sus compañeros que era un inepto, pero todo seguía. El contrato con los japoneses se había perdido, pero la empresa continuaba. El mundo seguía igual, aun sin él. Eso le daba vueltas. Su vida había girado en torno a su trabajo. Todos decían que sin él, nada funcionaba en la empresa y ahora se daba cuenta que eso era una mentira. ¿Qué sentido había tenido su existencia? Él se había olvidado de familia y amigos. No tenía pasatiempos pues trabajaba 12 horas, los 365 días del año.

En todo eso pensaba mientras tomaba sus terapias todos los días. Se enfocó en su recuperación y en pensar qué iba a hacer de su vida de ahora en adelante. Tenía que cambiar, le dijo al psicólogo que lo visitaba una hora al día, como parte de su terapia. Dos meses después, los sorprendidos médicos, le dieron el alta con la condición de que continuara con su terapia diaria. Salió del hospital solo. Nadie había ido por él. Tomó un taxi con su portafolios y llegó a una casa vacía. Antes de irse, Almudena la había vaciado. Se había llevado incluso, los trajes y relojes de Miguel. Solo había dejado la caja fuerte que estaba escondida detrás de una puerta del armario y de la que cual desconocía su existencia. Dentro, Miguel encontró todo lo que tenía valor. Tomó un par de tarjetas de crédito, un fajo de billetes y las pocas prendas que se habían quedado en el armario, antes de salir a un hotel.

Decidió hospedarse en un hotel cercano a la clínica del terapeuta. No podía dormir. Había dormido demasiado. Salió a caminar y entonces se dio cuenta que estaba muy cerca del Museo del Prado. Empezó entonces a tratar de recordar la última vez que había estado ahí y se dio cuenta de que aún era un niño cuando hizo su última visita.

Su terapeuta le había recomendado caminar, así es que empezó por hacerlo todos los días dentro del museo. Estaba fascinado por lo que veía ahí. Cuando terminó con el Prado, empezó a visitar el Reina Sofía y así, uno a uno los museos de Madrid. Puso en esa tarea la misma dedicación que ponía a su trabajo, por lo que pronto se volvió un experto.

Por las tardes caminaba por las plazas y visitaba las calles que veía en las pinturas y en las que vivían los artistas. Muy pronto descubrió la poesía y literatura que rodeaba estás y entonces se volcó en los libros. Empezó a tomar por costumbre pasar horas enteras en el Parque del Retiro con un libro y su almuerzo.

Se inscribió en un curso de escritura creativa y en uno de fotografía. Así, se decía, se distraería en lo que llegaba la hora de buscar un nuevo empleo, aunque no le era necesario. Había sido un hombre organizado que bien podía vivir el resto de su vida, cómodamente de sus inversiones.

Un día, meses después, mientras tomaba una fotografía, se dio cuenta de que estaba en el mismo lugar donde había ocurrido su accidente. Una hermosa chica le sonrió y él le regresó el saludo, mientras le hacía una foto con la Fuente de las Cibeles de fondo. Un hombre en traje y con portafolios chocó con él y expresó—¡Malditos turistas!

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