Una mujer en busca de un amor literario Capítulo III. Mi cita con Oscar Wilde*

Cuando entré a aquel bar londinense y miré a ese hermoso hombre extravagantemente vestido y con un sombrero de copa en la mano, mi corazón latió rápidamente. Supe de inmediato que era mi cita a ciegas y me vanaglorié—demasiado temprano—por mi buena fortuna, y es que mis dos citas anteriores no habían sido muy buenas, al menos en términos románticos; el primero había resultado ser un aventurero donjuán casado y el segundo un melancólico hombre obsesionado con la muerte.

Oscar lucía tan diferente, con un rostro hermoso y bondadoso. Era todo un caballero y de inmediato se puso de pie para que yo tomara asiento. De inmediato pidió una copa de vino para mí y una de ajenjo para él. Me platicó sobre su infancia en Dublin y sobre su estancia en Oxford. Supe de inmediato que era un hombre que trataba de absorber la belleza de la vida.

Charlamos sobre sus viajes, sus sueños, sus cuentos y le platiqué sobre mi naciente carrera como escritora y mi sueño de vivir por siempre a través de las letras. Sonrió y me dijo—«La vida no puede escribirse, debe vivirse».

Me pidió que lo acompañara a atender un asunto. Cuando llegamos a una hermosa construcción, me di cuenta que se trataba de un club de caballeros, donde se prohibía la entrada a las mujeres. Lo esperé en el vestíbulo observando las pinturas que decoraban las paredes. Una de ellas cautivó mi atención, era el retrato del hombre más hermoso que había visto. Su atuendo sugería era un sujeto del siglo pasado y la fecha del cuadro lo corroboró.

Un individuo se colocó a mi lado señalando:

—Es Lord Dorian Grey. —Yo seguía absorta en mis pensamientos.

—¡Es tan hermoso!

—Gracias. «El artista es creador de belleza» —apuntó antes de irse. En ese momento reparé en el parecido y sonreí ante aquella broma que seguramente era una tradición en ese misógino establecimiento.

Caminamos a orillas del río Támesis en silencio durante un rato y antes del amanecer me contó sobre su infeliz matrimonio y señaló «para la mayoría de nosotros, la vida verdadera es la vida que no llevamos».

Fue entonces cuando entendí que Oscar tenía un secreto que lo lastimaba en lo más profundo del alma y nos abrazamos. Él rompió el momento con una carcajada y dijo «La seriedad es el último refugio de los superficiales, tras lo cual me tomó de la mano y me llevó a un baile en el sótano de una taberna».

La vida no puede escribirse, debe vivirse.”

Al entrar, noté que todos estaban enmascarados. Un hombre en un minúsculo atuendo que dejaba muy poco a la imaginación acercó a nosotros una caja llena de máscaras. Oscar dijo:

—Ten cuidado con la que eliges. «Una máscara nos dice más que una cara».

—Oscar. ¿Qué hacemos aquí? ¿Son estas personas actores?

—Déjate llevar. «El mundo es un escenario, pero el reparto de la obra está mal hecho» —exclamó con alegría antes de ser arrastrado al baile por otro individuo.

Embriagada por la alegría de los que rodeaban, me dejé llevar a la algarabía de la fiesta y bailé por horas, olvidándome de todo y de todos.

Horas después, Oscar regresó a buscarme y salimos de regreso a las calles londinenses.

—Oscar, ¿tú crees que algún día encontraré a mi verdadero amor literario? —pregunté.

—Hermosa. No necesitas encontrarlo. «Amarse a uno mismo es el principio de una historia de amor eterna».

—¿Y tú? ¿Vas a estar bien?

—¡Querida! «La sociedad perdona casi siempre al criminal; pero jamás al soñador» —expresó antes de besar mi mano y se fue caminando hacia el lado contrario de la calle.

Tiempo después, me enteré de las acusaciones en su contra y de su condena por sodomia e indecencia. Recordé lo que había escrito en una de sus obras: «Más pronto o más tarde todos tenemos que pagar por lo que hemos hecho». Al salir de la cárcel, me enteré, se mudó a vivir a Italia, con el hombre al que amaba.. Ya lo había perdido todo. Aquel romance no duró mucho y Oscar terminó viviendo solo en París, donde murió, con tan solo 47 años de edad.

Siempre lamentaré que los prejuicios de la época le hayan impedido vivir el amor verdadero, aunque seguramente él me hubiera reprendido por mis palabras y hubiera dicho algo así como «La verdadera esencia del romanticismo es la incertidumbre».

Amarse a uno mismo es el principio de una historia de amor eterna.”

La búsqueda de mi amor literario continuará…

*Este es el capítulo III de la serie. Citas tomadas de la obra de Oscar Wilde.

(Relato publicado en Revista Submarino de Hojalata No. 6)

#ViernesDeCitasLiterarias: Una mujer en busca de un amor literario.

Un comentario sobre “Una mujer en busca de un amor literario Capítulo III. Mi cita con Oscar Wilde*

  1. Me resulta muy interesante lo de que una máscara dice más que una cara. Eso es cierto. También hay una frase de que aquellos que llevan máscaras dicen más verdades que los que no. Hubo un tiempo en que conocí una máscara. Era un antifaz delicado, apenas otorgaba nada más que seducción pues en sí nada ocultaba, pero sí para su portador. Esa máscara le brindó libertad y felicidad, mientras con lo importante no había necesidad de ser deshonesto. Extraño la enseñanza que me dejó ese caballero enmascarado. 😉

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s