Una experiencia diferente

Marian era una mujer moderna. Su vida giraba alrededor de una apretada agenda que le dictaba lo que tenía que hacer a cada minuto. Incluso, un reloj conectado a su celular le recordaba que tenía que moverse (al menos 250 pasos cada hora), beber agua (2 litros al día), hacer ejercicio (una hora al día) y hasta dormir (tres horas cada noche). Su rutina era siempre la misma; de su casa al trabajo, de ahí al gimnasio y luego de regreso a casa. 

Sin amigos y sin familia, sus días transcurrían siempre igual, con excepción de los fines de semana, en los que salía a correr y después la pasaba en casa, trabajando, siempre trabajando. Odiaba las vacaciones y hacía lo posible por evitarlas, pero su jefe la obligaba a tomarlas y prohibía a todos en la oficina la contactaran en esos días. Ella nunca sabía qué hacer con las vacaciones y aquel día en que su jefe la llamó y le entregó un boleto para viajar a París dos semanas, Marian se encerró en el baño y se puso a llorar.

A regañadientes viajó a París. Llegó una tarde de otoño y se encontró con una ciudad fría, ventosa y con el suelo cubierto de hojas secas. De inmediato se recluyó en la habitación del hotel que su oficina le había reservado y se dispuso a dormir, aún enfadada por la situación. A la mañana siguiente la despertó un auto de policía. Le causó gracia el extraño sonido, que no supo de qué era hasta que se asomó por la ventana. Era curioso, ella nunca había pensado que las sirenas de los autos pudieran sonar diferentes, pero así era. Abrió la ventana y empezó a observar las diferencias entre la llamada Ciudad Luz (un mote que ella creía era solo un slogan publicitario) y su ciudad.

Empezó a observar a los parisinos que caminaban con un andar distinto al suyo; el ritmo de la ciudad se notaba diferente. Aún a esa hora en que en su ciudad todo era bullicio, los parisinos parecían no tener prisa y se sentaban en los cafés y en la barra de una tienda llamada “Tabac”, a beber café y a comer croissants. Marian no se veía haciendo un alto rumbo al trabajo para hacer algo así.

La luz de la ciudad se notaba distinta y el aroma de la tierra mojada (petricor, había leído alguna vez que se llamaba) la invitaron a salir a explorar. Después de arreglarse, guardó su ordenador en la mochila que la esposa de su jefe le había obsequiado para el viaje y salió dispuesta a explorar la ruta que su jefe le había enviado a su tableta. Su primera parada fue para averiguar qué era esa tienda llamada “Tabac” y entonces descubrió que encontraría cientos de ellas en la ciudad, una mezcla entre cafetería, bar, tienda de tabaco y de boletos de transporte. 

Siguiendo la recomendación de la esposa de su jefe, se dispuso a hacer lo que hacían los parisinos, se acercó a la barra y pidió lo mismo que todos, un café y un croissant. Bastó un trago de café y un pedazo de pan para darse cuenta de lo distinto que sabían de los de su ciudad. Comenzó entonces, a observar a las personas, que se veía disfrutaban de esos minutos antes de salir con su curioso paso a continuar con sus actividades.

Compró un paquete de boletos y se dirigió a la primera parada de su camino. Al abordar el metro, sintió una extraña sensación. Y es que todos los pasajeros leían, el periódico, en sus móviles o sus libros. Era curiosa la cantidad de personas que sostenían libros en las manos. Comenzó a tratar de adivinar los temas, con base en las portadas y se dio cuenta que muchos leían novelas. Hacía años que ella no leía ficción y se prometió buscar un libro. No tuvo que esperar mucho, pronto se topó con una librería y entró a preguntar si tenían libros en español o inglés. La mujer de la librería le hizo una señal que Marian interpretó como “espere” y regresó con un libro de la bodega. Era un pequeño libro con la Torre Eiffel en la portada y que contenía cuentos de los diferentes barrios de la ciudad. 

Después de pagar y agradecer con un tímido “merci”, Marian subió los escalones que la llevarían a un lugar llamado Montmartre. Mientras subía observaba las hermosas construcciones y al llegar a la cima se topó con la iglesia más hermosa que hubiera visto. No pudo resistirlo, sacó su móvil e hizo una fotografía. Ingresó de inmediato y no fue sino hasta dos horas después que vio el hermoso paisaje que se divisaba desde lo alto de esa colina. París estaba a sus pies. A lo lejos la Torre Eiffel la saludaba, al igual que los hermosos tejados y chimeneas de las construcciones. Ahí, Marian se atrevió a imitar a otros turistas para tomarse una selfie, la primera en su vida. 

Decidió perderse en las calles de Montmartre hasta que llegó a una plaza llena de pinturas y artistas. Después de admirar las obras, decidió imitar a los demás y se sentó en una mesa de una banqueta. El mesero le puso enfrente un menú y le preguntó qué quería beber. Marian lo dudó, pero ya pasaba del mediodía y todos lo hacían, así es que pidió una copa de vino y una crepa. Mientras esperaba recordó el libro que tenía en su mochila y empezó a hojear el índice. Se dio cuenta que cada cuento hacía referencia a un barrio de París y entonces encontró la que decía XVIII Butte-Montmartre. 

Se emocionó leyendo un cuento que retrataba la plaza donde se encontraba y tomó nota de los lugares que mencionaba, todos ubicados en el mismo barrio. Ni siquiera se inmutó cuando el camarero se llevó su plato y su copa y regresó con otra. Ella hacía notas en un mapa, que había tomado de la recepción del hotel, de los lugares mencionados en la historia, que sentía tenía que ver. Bebió su copa, pagó la cuenta y salió dispuesta a recorrer el lugar. Caminó toda la tarde, haciendo fotografías y tomándose algunas selfies. Cuando el sol empezó a ocultarse decidió que era hora de regresar al hotel, pero antes se detuvo en otro café de la Place du Terre, que era el nombre de la curiosa plaza de los artistas.

Pidió un café alongué (descubrió en su libro que ese era el americano) y sacó la libreta que había comprado en una tienda. Era algo para turistas, un bellísimo cuaderno con la imagen de la Torre Eiffel en blanco y negro. Abrió la libreta y entonces escribió todo lo que había hecho y comido ese día. No se dejó ningún detalle. Dejó los espacios para pegar el boleto del metro, la cuenta de su almuerzo, el que describió a la perfección, la nota del libro (¡Un gran descubrimiento!, escribió), el billete del museo con obras de Dalí que se había topado y una hoja seca que había levantado del suelo. Sacó entonces dos postales que había comprado en el camino. La primera era para su jefe y su esposa, los que habían hecho posible que ella estuviera ahí. Les escribió agradeciéndoles el viaje y las recomendaciones. 

Fue interrumpida por un artista que colocó frente a ella un retrato a lápiz que la representaba. En él, había logrado captar la mirada de Marian y la sonrisa que esbozaba. Ella no pudo resistirse y le pagó por él. Escribió entonces la segunda postal y regresó a su hotel. Antes de entrar a este, caminó a la “Tabac” y compró una plana de estampillas. Tomó dos para pegarlas a las postales y las depositó en el buzón diciendo “au revoir” al hombre detrás de la barra.

Las dos semanas transcurrieron rápidamente y Marian dedicó un día a cada barrio. Había hecho un plan combinando la ruta que su jefe le había trazado y el nombre de los cuentos de su libro. No podría recorrer todos los barrios ni por tanto leer todas las historias, pero disfrutaría el viaje. La noche antes de volar a casa, se regaló una cena en un restaurante en la mismísima Torre Eiffel, la había dejado al final para disfrutarla. Con una copa de champagne en mano, terminó de escribir una postal más, la cual depositó en un buzón de correos camino a su hotel.

Mientras hacía la valija, recordaba dónde había obtenido cada uno de los souvenirs que había adquirido y sonreía. Lo último que guardó en la mochila fue el libro, ese que 13 días antes era nuevo y que ahora lucía orgulloso, manchas de vino, café y hasta chocolate. Muchas páginas mostraban marcas de dobleces en las esquinas y estaba lleno de notas. Voló a casa al día siguiente y al llegar a esta se topó con el buzón lleno. Ansiosa revisó la correspondencia y entonces la vio…la primera postal que se había mandado con la imagen de la basílica del Sagrado Corazón de Montmartre, una postal en la que se hablaba a sí misma y que cerraba diciendo “Nunca te olvides de lo que sentiste en este lugar el día de hoy. Esto es vivir, lo de antes era solo sobrevivir.”

Al día siguiente cuando su jefe la miró, sonrió y la abrazó diciéndole al oido—¿Qué tal tus vacaciones, Marian?

—¿Cuándo puedo tomar vacaciones otra vez, jefe?—replicó ella entre risas.

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