Alma perdida

Finalmente llegó el momento de detenerme, de dejar de andar, de hacer una pausa en la vida. ¿Sabes? Siempre he tenido quedarme quieta, nunca he podido permanecer en un solo lugar, pero desde hace unos meses me he dado cuenta de que algo me hace falta. Yo, siempre acostumbrada a dar pasos certeros, me he andado por ahí con esa sensación de que he dejado algo olvidado y ahí me encuentro, de pronto, a la mitad de la nada, revisando mi bolso o abriendo nuevamente una maleta ya cerrada para ver qué olvidé.

Y después de meses con esa sensación, me he encontrado tocándome el pecho en diferentes momentos. Exactamente me refiero a ese punto que se localiza donde termina el cuello, justo debajo de ese hueco que se hace al juntarse dos huesos. Nunca he sido buena en anatomía, así es que no sé el nombre exacto. Lo que sí sé, es que ahora, en todo momento, me encuentro tocándome esa parte del pecho, buscando algo, sin saber qué es eso que busco. 

Anoche, esa sensación me ha vuelto loca y me he puesto a revisar una a una todas las cajas de mi colección de discos compactos. No fue tarea fácil. Melómana desde antes de la revolución digital, mi colección alcanza un par de millares de discos cuidadosamente colocados en estantes de piso a techo en la estancia. Me llevó varias horas constatar que todos estaban ahí, cada uno en su caja y en su sitio. Esta fue una locura aún mayor a la de hace un par de noches, cuando creí que lo que tenía perdido era un par de zapatos y que me llevó a revisar más de cien cajas, para al final, darme cuenta de que no son zapatos lo que busco. 

Una ventaja ha tenido esta locura de buscar algo que no sé qué es y que está perdido. Mi casa está reluciente y contrario a lo que siento, no falta ni sobra nada. No me he atrevido a comentar el tema con nadie; pensarán que estoy loca, aunque ahora es cada vez más común que la gente a mi alrededor me pregunte ¿Qué buscas? Todos lo saben. Pensé, en un principio ir al psiquiatra, pensando que se trataba de un TOC, uno de esos trastornos obsesivo compulsivos que se escuchan hoy día, pero sé que no es eso, al menos, según Google, no son mis síntomas. Luego pensé en hablar con un cura, en secreto de confesión. Total, se supone que ellos no pueden juzgarte ni ir por ahí contando los secretos, pero soy agnóstica. No puedo contarlo a mis amigas, seguro me dirán un “Tranquila, cariño. Sea lo que sea ya aparecerá y total, si no aparece puesto que no sabes qué es, seguro que no es importante”, pero algo dentro de mí me dice que sí lo es.

Y esta mañana he despertado al alba y al momento de servirme mi primera taza de café y sentarme a la mesa, como todos los días, para escribir mis morning pages (sí, esa idea anglosajona de que hay que vaciar el alma al despertar), caí en cuenta de lo que traía perdido y es que, había adoptado esa práctica de lo que yo suelo llamar el newNew Age”, algo que me encontré en Pinterest y que de tanto verlo por redes sociales y revistas, me había despertado curiosidad. Era además, una buena idea para alguien como yo, una mujer sola e independiente que desde niña había acostumbrado llevar un diario y que disfrutaba tomar notas a mano de todo. Si vieras la cantidad de cajas que tengo con mis libretas, están todos mis ‘querido diario’ (desde el primero que me regalaron en mi sexto cumpleaños con la funda de estrellas y el candado en forma de nube, hasta ese que concluí el ultimo día del año pasado), mis diarios de viaje en libreta y los que armo a partir de postales agarradas por un arillo, mis libretas de escritura, esas que contienen cuentos y poesías que nunca han salido a la luz y cientos de ideas para novelas que nunca existirán. Y junto a todas ellas, las decenas de libretas en blanco que me gritan las traiga a casa cada vez que entro a una tienda, museo e incluso mercado.

La idea de las morning pages nació una mañana de domingo mientras bebía mi primer café del día en un café parisino. Había llegado la noche anterior y el cambio de horario había hecho de las suyas, así es que me encontraba con ojeras y malhumorada frente a un café ‘elongè’ con la edición dominical de Le Monde, la última edición de Vogue (otro placer culposo) y una simpática libreta que había comprado en el kiosco de periódicos. Mi mente no me dejaba concentrarme en las noticias del mundo. El francés aún no terminaba de cuajar en mi cabeza cansada y la moda de la temporada no me resultaba atrayente, así es que abrí la libreta y escribí “Creo que el jet lag me quiere volver loca” y entonces reí, tan fuerte que el curioso hombrecito de la mesa de al lado, me miró con desaprobación y continué escribiendo “Vaya, los ‘franchutes’ no pueden tolerar una mujer que ríe más abiertamente que la Mona Lisa”.

Basta decir que el puro hecho de poder escribir barbaridades y frases sin sentido, me hizo sonreír. Tres cafés, dos croissants y diez morning pages después, yo ya era una conversa. Desde ese día, mi rutina incluyó diez minutos adicionales para vaciar mi alma en esas páginas que si alguien analizara con detenimiento, contenían más verdades que mi diario. Y es que las letras matutinas, garabateadas sin cuidado y con cualquier pluma o lápiz que tuviera a mano, están llenas de verdades no como las verdades a medias que cuidadosamente redacto y escribo en mi diario, siempre con el mismo color y tipo de pluma. Una razón más para preguntarme si debería quemar mis libretas matutinas.

Pues así a diario, por más de un año, fácilmente completaba al menos diez páginas de mi libreta. Lo difícil, a veces, era parar, pero el reloj hacía un buen trabajo regresándome a la realidad, la cordura y las buenas costumbres; en mis escritos matutinos había llegado a escribir cosas terribles de las personas que me rodeaban, descripciones tan distintas a las de mi diario, que nadie se atrevería a decir que me refería a las mismas personas. Solo en esas páginas me había atrevido a escribir sobre la infidelidad del que fue mi prometido, llamándolo “un viejo feo, mentiroso, rabo verde…”, a diferencia de la anotación que había hecho en mi diario de cómo había sido nuestro encuentro año y medio después de terminar nuestro compromiso (una casualidad que me obligó a cambiar de supermercado).

Pero desde hacía varios meses, la libreta estaba en blanco. Me sentaba ahí por diez minutos y nada. Las hojas seguían en blanco. Y era curioso pues no tenía problemas para escribir en mi diario o en mis diarios de viaje. Pues esta mañana, al sentarme, un poco frustrada, frente a la libreta en blanco lo supe. La razón por la que no puedo escribir mis morning pages es porque eso es lo que traigo perdido…mi alma. Solamente de pensarlo mis ojos brillaron. ¿Así es que era eso? Traía el alma perdida desde hacía meses. Esa era la razón por la que de pronto había dejado de disfrutar las puestas de sol y la luna llena. Me hacía falta mi alma para sorprenderme por el canto de un ave o disfrutar un buen vino. Su ausencia me había hecho ir por el mundo solo mirando, pero no viendo. Tal vez, Casablanca no era tan fea ciudad como lo había pensado y seguramente Buenos Aires era una ciudad mucho más amable de lo que me había parecido. 

Estaba metida en un problema grande. Afortunadamente era sábado y no tenía compromisos. Seguro en un fin de semana podría solucionar este lío. Fui a mi estudio y tome una libreta nueva. Sentada frente a mi escritorio empecé a trabajar en este nuevo proyecto. Mi vocación de investigadora me llevó a hacer una lluvia de ideas para al final poder trazar las preguntas que orientarían mi búsqueda, antes de llegar a definir la ruta. Rápidamente concluí mi labor, mi método era bueno y contaba con muchos materiales, mis libretas matutinas, mis diarios, mis diarios de viaje y mis agendas. 

Mi primera misión fue revisar la última entrada de letras matutinas, estaba fechada seis meses atrás. Decidí que mi trabajo requería del análisis de al menos un mes antes de esa súbita interrupción de mi rutina. No era psicóloga, pero conocía lo suficiente de la psique humana para saber que la causa era seguramente un hecho traumático. Había descartado algunas otras opciones que Google me había dado y que incluían mi muerte (estaba segura de que aún seguía con vida), vudú y otras prácticas similares. 

Me tomó toda la mañana revisar la información de ese periodo. Curiosamente, ese había sido un mes muy ajetreado en mi vida, con viajes a diferentes partes del mundo en las cuatro semanas. El primer día había viajado a mi ciudad favorita, Londres, donde había permanecido cinco días antes de regresar a casa. Volé un par de días después a Río de Janeiro, Caracas, Bogotá y Panamá (en una semana). Tras un fin de semana en casa me había ido a Nueva York y Boston y después había pasado seis días en China. Mi alma bien podía haberse quedado en cualquiera de esos lugares. Hacia el mediodía solamente había podido comprobar que mis anotaciones matutinas habían empezado a disminuir de extensión en mi primera mañana en Londres. 

Decidí hacer una pausa para almorzar. Mi misión requería de ayuda, así es que venciendo todos mis principios, llamé a mi mejor amiga, quien por cierto es la única soltera que queda de un gran grupo de amigos de la infancia. Decidí dejar las cosas al destino, si estaba libre para almorzar le contaría. Una hora después estaba sentada frente a ella con dos aperol spritz en la mesa y mis notas en mi libreta, frente a ella. Seriamente miró nuevamente las notas, se acomodó las gafas y me dijo—Tenemos que seguir analizando qué te pasó en ese mes. Debe haber algo a nivel subconsciente que no tienes registrado. Puedo ayudarte, pero tendrás que darme acceso a todas tus notas—No lo había pensado, tendría que dejarla leer mis diarios, mis secretos. En ese momento, aquel vacío en el pecho me hizo decir sin titubear—Lo que sea con tal de que pueda dejar de sentir este agujero en mi pecho que es cada vez más grande.

Era un fin de semana largo, así es que fuimos a su casa para que rápidamente hiciera una maleta y nos fuimos a mi casa a que yo hiciera la mía. Ella había declarado que lo mejor era cambiar de ambiente, así es que subimos una caja llena de libretas y mi maleta en la cajuela de mi pequeño deportivo y conduje hasta la casa de la playa de su abuela. Tan solo con conducir con el techo corrido mientras el aire de mar llenaba mis pulmones, me empecé a sentir mejor. Llegamos al pueblo e hicimos una parada en la tienda de víveres donde todos nos conocían desde pequeñas. La casa estaba igual que siempre, desde mi primera visita a los 10 años y como la última hacía un par de meses. Sin pensarlo, nos instalamos en el porche trasero (uno de mis lugares favoritos en el mundo) con una impresionante vista al mar. Trabajamos toda la tarde leyendo en voz alta mis anotaciones. Nuestro sistema era simple, a fin de evitar que ella invadiera más de lo necesario mi privacidad (su idea), ella leía lo que había hecho en mi agenda y en mi diario de viajes, mientras yo completaba con las entradas de mis páginas matutinas y mi diario. 

La labor suena tediosa, pero nos resultaba divertida. Ella no daba crédito a todo lo que yo podía hacer y escribir. Entre vinos, bocadillos y risas terminamos de revisar las dos primeras semanas. De cuando en cuando, hacíamos un alto para que ella viera las fotografías de las cosas que describía en mi diario de viajes. Cuando sentimos apetito, entramos a preparar una pasta y una ensalada y cenamos charlando sobre los rumbos que nuestras vidas habían tomado, y es que mientras yo viajaba por el mundo por mi trabajo, ella había permanecido en casa, trabajando como maestra y cuidando a su madre y abuela. La abuela se había ido dos años atrás y su madre, poco después, dejándola a ella sola en el mundo en una enorme casa. 

No sé si fue por el vino o por lo conmovida que estaba de que yo le hubiera permitido ser parte de mi vida, pero de pronto dijo—¿Sabes? Yo envidiaba tu relación con John. Pensaba que eran la pareja más feliz del mundo. Un día lloré pensando que tú lo tenías todo y yo no tenía nada. ¡Me sentí tan mal después!—Yo le sonreí. Claro que era algo que había escuchado muchas veces, al menos la primera parte—Todos pensaban que John y yo éramos la pareja perfecta, incluso yo. Por eso no me di cuenta de que me era infiel. Creo que por mucho tiempo me he estado moviendo tanto para evitar derrumbarme. Siento que si me quedó quieta todo mi mundo se vendrá abajo y que no podré recuperarme—y entonces lloré. 

Tengo que decir que eso fue gran cosa, pues doce meses atrás había terminado la relación más importante de mi vida. Había vivido cinco años con John y estábamos prometidos para casarnos. Vestido comprado, invitaciones entregadas y la banda pagada; lo había descubierto engañándome con su secretarla, una mujer 25 años menor que él y 10 menor que yo. La noticia me había tomado por sorpresa, especialmente porque esperaban un hijo. Él, que había jurado no quería más hijos, iba a ser nuevamente padre. No lloré cuando ella se presentó a mi puerta. Tampoco cuando le regresé a él el anillo de su abuela (el cual, por cierto, luce ella orgullosa). No lloré cuando un par de días después, di la noticia a mi familia y mis amigos—John y yo decidimos terminar nuestra relación. Hemos cancelado la boda y ya he cancelado todos los preparativos.

Mi frialdad les había impedido hacerme preguntas. Solamente había aceptado ayuda de mi madre para llamar a todos los invitados y de mis amigas para ayudarme a regresar los regalos que seguían llegando a la casa que John y yo habíamos compartido y que era mía. Mi vida siguió, entonces, sin él al lado. Desde entonces, nunca más había vuelto a hablar de él. No había escrito nunca (al menos en mi diario nocturno) sobre todas las noches que pasé en vela llorando. Como no llevaba diario matutino en esa época, ese sufrimiento no había quedado registrado más que en mi memoria y en mi alma. ¡Con razón se había escapado mi pobre alma!

Lloramos por horas juntas, abrazadas como cuando éramos niñas y nos enteramos de que su padre había muerto en un accidente aéreo (la causa por la que ella no podía subirse a un avión). Cuando finalmente nos fuimos a dormir, en la misma habitación con camas gemelas en la que solíamos quedarnos de niñas (absurdo en una casa con seis habitaciones), seguíamos sollozando. A la mañana siguiente desperté al escucharla reír y entonces reí. Me había olvidado lo fácil que era relacionarme con mi amiga. Desayunamos en el mismo lugar donde habíamos pasado la tarde y continuamos revisando diarios. Cada día era motivo de preguntas y análisis. Fingía escandalizarse ante mis relatos de los hombres con los que había salido (obviamente en mis relatos matutinos) y se burlaba del contraste entre mis notas matutinas y vespertinas—Es como si tuvieras dos personalidades. Mira esto. Sobre el danés escribes por la mañana “Todo un vikingo!!! Creo no podré regresar a ese hotel ni a ese restaurante…ni a ese pueblo!!!!” y por la noche “Cenamos en un hermoso lugar con vista a un muelle y pasamos la noche en mi hotel. Despertamos abrazados.”

Hacia el mediodía habíamos terminado de revisar todas las notas. Un mes de mi vida sin tapujos. Ella, había compartido conmigo su mayor secreto. La historia de la relación que había sostenido con el director de su colegio por más de cinco años. Él era un hombre casado, con hijos pequeños y ella, en su soledad, había aceptado ser su amante. Por seis años había guardado ese secreto. Ella había terminado la relación cuando se había enterado de la infidelidad de John. Se sentía culpable de lo que a mí me había pasado. Él, su director, se había buscado a otra amante y seguían viéndose todos los días, pero era como si su relación no hubiera existido.

Después de llorar, otra vez, decidimos salir a almorzar. Nos sentíamos más unidas que nunca. No entendíamos cómo habíamos podido separarnos y juramos retomar nuestra amistad y no volvernos a guardar secretos. Cuando el sol se puso, salimos del restaurante, aún preocupadas por no encontrar la solución a mi problema. Para distraernos, entramos en esa pequeña librería que siempre me ha atraído, y ahí sobre todos los libros una libreta que decía en su carátula “El alma viaja más lento que el cuerpo. Hay que detenerse de vez en cuando para darle tiempo a que nos alcance”. Ambas nos miramos sorprendidas. ¡Esa era la respuesta! Me había movido tanto, que mi pobre alma no podía aún alcanzarme. Reímos como locas y nadie en la tienda nos prestó atención.

Disfrutamos el resto del fin de semana, compartiendo sueños y secretos; cocinando y comiendo. Salimos a correr juntas por la playa y nadamos. Cuando el fin de semana terminó ya no me sentía tan vacía. Regresamos a nuestras casas felices. El martes, al llegar a mi oficina revisé mi agenda y cancelé los viajes del mes. Nada era tan urgente. Había algunos que otras personas podían hacer en mi representación. Habíamos hecho un plan. Me quedaría quieta al menos un mes. Si no había cambios, haríamos un nuevo plan. 

Empecé, entonces a dedicar mis tardes libres a ir con mi amiga a clases de yoga y pasábamos los fines de semana en casa de su abuela. Y ahí, exactamente un mes después me sorprendió un súbito dolor de pecho que me hizo despertar antes del alba. Me senté en la cama, sobresaltada. Sin hacer ruido, caminé a la cocina, me preparé una taza de café y entonces la vi, la pequeña libreta que había comprado y que ahora cargaba a todos lados, en blanco. Saqué una pluma de un cajón y empecé a escribir. Luisa apareció treinta páginas después y me encontró con lágrimas en los ojos. Gritó y lloramos juntas, pero esta vez de emoción, cuando terminó de leer mis anotaciones.  

Un mes después, estábamos juntas en un avión rumbo a París, una de mis ciudades favoritas y la que Luisa siempre había soñado en conocer. Tomé su mano durante el despegue, las turbulencias y el aterrizaje. La Ciudad Luz nos recibió esplendorosa y disfrutamos, despacio, de una semana de museos, buen vino, buena comida y muchas risas. Un par de noches antes de regresar a casa me dio las gracias y dijo—Tú habías perdido tu alma, pero la mía estaba dormida. Gracias por ayudarme a sacarla del letargo en el que se encontraba. 

Ahora vivo la vida más lento. No siento la necesidad de ir de un lado a otro. Me encontré y estoy justo en el lugar donde quiero estar. Luisa y yo nos vemos a diario. Ella sale ahora con un simpático contador que trabaja en mi oficina, y yo, yo estoy justo como quiero estar.

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