Noche de Epifanía (Cuento)

Milagros ingresó al ascensor del majestuoso hotel con el alma sobresaltada. La nota que él le había entregado en secreto decía: «Terraza del Hotel Real. 3 en punto. Sé discreta.». Incómoda, al sentir la mirada de los dos hombres que viajaban con ella, se acomodó el cuello de la blusa, asegurándose de tenerla totalmente cerrada. 

En la terraza, él la esperaba con dos copas de vino sobre la mesa. Sabía que lo que hacían era pecado, pero tan sólo sentir la mano de él asida a su cintura acercándola a su cuerpo para saludarla, la hacía olvidarse de sus remilgos. La charla continuó alegre entre vinos y tapas, logrando calmar sus nervios, hasta que él le susurró algo al oído mientras pedía la cuenta. 

Ingresaron juntos al elevador que subía rápidamente, así como la temperatura. En un momento de duda, lo apartó súbitamente mientras vociferaba: ¡No podemos hacerlo! Me cansé de esperarte, Milagros y hoy es el día. ¡Es pecado! —exclamó ella mientras daba vueltas a la alianza dorada que portaba en el dedo anular de su mano izquierda. Te aseguro que a Él no le importará —le susurraba él al oído con ironía, asiéndola del brazo mientras le desabotonaba su impoluta blusa. ¡No! Le hice una promesa y voy a cumplirla —se defendía la mujer mientras trataba de controlar la pasión que se desbordaba al igual que su escote. ¡Tonta! No dejes que esa promesa vacía te impida disfrutar de los placeres que estoy por obsequiarte. ¿A qué le temes? —preguntó él mientras acariciaba el cuerpo de la bellísima dama que intentaba proteger su honra. Temo por mi alma —exclamó ella forcejeando y apartándose hasta la otra esquina de la cabina. ¿Si te dijera que esta noche podemos hacerlo sin consecuencias, lo harías? ¿Está usted seguro de que podemos hacerlo sin pecar? ¡Claro, mujer! Esta noche siéntete libre de todo voto —afirmó él haciendo un gesto para ella conocido, mientras le susurraba algo al oído.

Y con esas palabras mágicas, Milagros se persignó y entregó a los placeres para los que los 21 pisos, entre la terraza y el pent-house, les alcanzaron. Ya en la intimidad de una opulenta suite iluminada solo por velas e invadida por el olor de un sensual incienso, el hombre sació sus instintos con las virtudes de aquella doncella, convencido de que se la había ganado gracias a su prédica. Y mientras que ella se preguntaba cómo podría seguir su vida a partir de entonces, sus pensamientos se vieron interrumpidos por su primera experiencia religiosa, que la sumió en un sueño profundo del que despertó cuando la noche apenas caía.

Se vistió rápidamente para salir de aquel sitio, dejando al hombre profundamente dormido. Al día le quedaban aún varias horas y la dispensa que el cardenal le había otorgado momentos antes seguía vigente. Ya en el ascensor, que era más grande que su celda del convento, se aseguró de dejar su profundo escote sugestivamente asegurado por solo un botón, se retiró el escapulario que colgaba de su cuello y guardó su alianza en la bolsa donde llevaba su rosario. 

Descendió en la terraza pensando aún en lo que el príncipe de la iglesia la había hecho sentir y se dispuso a buscar a un par de reyes, o tal vez a un trío, para que la siguieran obsequiando en esa noche de epifanía. 

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