Una mujer en busca de un amor literario. Capítulo I. Mi cita con Ernest Hemingway*

Nuestro amor por las letras fue la clave para que el algoritmo de Tinder nos reuniera en aquel bar llamado el Submarino de Hojalata, un lugar donde el presente y el pasado se unen. Y ahí estaba yo un viernes por la noche, lista para conocer a ese hombre que firmaba sus mensajes con las iniciales E.H. Pronto descubriría que ese hombre llamado Ernest era demasiado melancólico, y aventurero.

Me esperaba en aquel bar parisino con una botella de whisky en la mano. Charlaba con un hombre alto y rubio que desde lejos observaba a una menuda mujer rubia que bebía demás y reía a carcajadas.

Al verme, Ernest se levantó de su asiento y me presentó a su amigo, Scott, quien de inmediato se fue a seguir a la que después supe era su esposa, Zelda. Mi primer impresión de Ernest fue su fortaleza. Era un norteamericano como de esos que aparecen en las películas de acción, un hombre con una historia fascinante y que había incluso conducido una ambulancia en la primera guerra mundial.

Hablamos de su ciudad natal, Chicago y los veranos de su infancia en los que pescaba en el Lago Michigan; de España y sus fiestas de toros y de la cacería de leones en África. Me platicó de todas las veces que había visto a la muerte frente a frente y sobre el encanto que las calles de París despertaban en él. 

“París es una fiesta”, me dijo y con esa frase nos lanzamos a vivir el París de los veintes. Muy pronto conocí a sus amigos, los Fitzgerald, la imponente Gertrude Stein, a Ezra Pound y hasta a Djuna Barnes. Co

París es una fiesta”

Él trabajaba en esa época como corresponsal para un diario de Toronto y dedicaba gran parte del tiempo a escribir para su novela. Los días eran cortos y las noches largas para ese hombre que se bebía la vida como el whisky. Solía decir “Nunca tardes en besar a una chica bonita o en abrir una botella de whisky”. Ernest quería hacerlo todo. Me propuso hacer un viaje, lo cual decía era una señal de amor, pues nunca se debía viajar con alguien no amado. 

Una tarde, me presentó a Sylvia Bleach, la dueña de una pequeña librería llamada Shakespeare and Company y quien prestaba libros a los jóvenes autores e incluso los dejaba dormir ahí cuando lo necesitaban. Me decía que para escribir tenía que vivir. Decía que el secreto era empezar con una oración verdadera y escribir “duro y claro sobre lo que duele.” 

Ernest era demasiado encantador e intenso para vivir, para escribir, para amar. Pronto descubrí que además, tenía esposa y un hijo. Inmediatamente terminé con él la relación y él me escribió “Tú me perteneces y todo París me pertenece, y yo pertenezco a este cuaderno y a este lápiz”. Entendí, entonces, que él nunca sería hombre de una sola mujer.

“Tú me perteneces y todo París me pertenece, y yo pertenezco a este cuaderno y a este lápiz”

Nunca más volví a verlo. Supe sobre sus cuatro matrimonios, su premio Pulitzer y desde luego el Nobel, así como sobre su vida en Cuba. Leí sus relatos sobre cacería en Kenya, entrevistas con toreros españoles, sus crónicas sobre la guerra civil española y sobre la segunda guerra mundial, al igual que todas sus novelas.

No me sorprendió saber sobre su suicidio. Al final terminó su vida, tal como su padre lo hizo y recordé una de sus frases “La felicidad es la cosa más rara que conozco en la gente inteligente.”

La búsqueda de mi amor literario continuará…

(Relato publicado en Revista Submarino de Hojalata No. 4)

*Este es el capítulo uno de la serie.

#ViernesDeCitasLiterarias: Una mujer en busca de un amor literario.

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