Konnichiwa cliché

Eddie sonrió pensando en el cliché en el que se había convertido. Hombre joven, con rasgos orientales —aunque él era ciudadano norteamericano—, con cámara fotográfica colgada del cuello —por su profesión—, sentado en un bar karaoke en Tokio. Decidió ir con la corriente y pidió aquel trago de color verde radioactivo adornado con una sombrilla de papel, que todos los hombres bebían en el bar de su hotel.

Mientras escuchaba a los estresados ejecutivos japoneses —fácilmente reconocibles por el mismo traje gris con camisa blanca suelta y corbata asomada de un bolsillo— tratando de cantar I Feel Love de Donna Summer en un escenario iluminado con luces estrambóticas —de esas que producen ataques epilépticos—, pensaba en las ironías de la vida. Una hermosa mesera le llevó el plato que había ordenado junto con un par de palitos, que por supuesto él no sabía utilizar, y le dijo algo en japonés sonriéndole seductoramente.

Fue entonces cuando Eddie lamentó nunca haber aprendido el idioma de sus abuelos, pero sus padres habían nacido en Estados Unidos y los abuelos, que habían salido huyendo de una guerra, habían dejado atrás su lengua y costumbres. Pero estaba seguro de que la chica no se le había insinuado, ¿o sí? Ella le sonreía y le cerraba un ojo cada que pasaba cerca de él. «Tal vez debería pasar la noche con ella para redondear el cliché y ser el viajero seducido por la mesera», pensaba cuando un estruendo se escuchó y vio como algo aplastaba a los hombres del escenario. Lo último que escuchó fue “¡Godzilla!”.

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