Una mujer en busca de un amor literario: V. Mi cita con Scott Fitzgerald* (Cuento)

El mundo solo existe en tus ojos…Puedes hacerlo tan grande o tan pequeño como quieras”

Después de los extraños sucesos de Londres, en mi cita con Bram Stoker, tardé un poco en volver a abrir el Tinder literario, pero la insistencia y dulzura de los mensajes de un norteamericano que me prometía una noche de fiesta en Hollywood, me hizo recuperar la esperanza.

Como siempre, la ciudad de las estrellas me recibió con ese aire de relajación californiana. El bar de mi hotel, en el Wilshire Boulevard, fue el lugar que seleccioné para el encuentro con Francis, primer nombre de Scott, un conocido escritor que se ganaba la vida como guionista.

A las nueve en punto entré al bar en el que me encontré con el grupo de gente más hermosa que hubiera visto en mi vida y al centro un hombre de edad mediana que bebía whisky directamente de la botella, claramente enfrascado en una competencia con un jovencito que hacía lo mismo. Scott lanzó la botella al piso, aceptando la derrota ante los vítores de sus compañeros y exclamó:  “Sois vosotros, los jóvenes con energía y vitalidad, los que tenéis un gran futuro por delante.”

De inmediato se dirigió a mí con un ramo de margaritas en la mano y me besó en la mejilla sorprendido por mi sonrisa. Me preguntó si esa primera impresión me desanimaba a continuar, a lo que respondí:

—¡Querido! Si supieras lo que he vivido en mis citas literarias, entenderías el porqué no me asusto con facilidad.

—¡Querida! “No juzgar es motivo de esperanza infinita.”—exclamó alegremente mientras tomaba mi mano y me llevaba a una mesa en la esquina del salón.

No juzgar es motivo de esperanza infinita.”

Supe entonces que Scott era un hombre casado desde hacía años con una poetisa esquizofrénica llamada Zelda, a quien él había tenido que internar en un hospital psiquiátrico. El amor que el escritor sentía por ella se manifestaba en sus palabras: “Las mejores relaciones se establecen cuando uno quiere que perduren a pesar de conocer los obstáculos.”

Me platicó de su hogar en Saint Paul, Minnesota, de sus padres, de sus experiencias en el ejército y de sus amigos de la llamada generación perdida, incluyendo a Hemingway. Diez campanadas se escucharon en el reloj del salón y Scott dijo con una sonrisa en el rostro: “Eran las nueve de la noche; al poco rato miré el reloj y encontré que eran las diez”. Charlar con él era una delicia y una invitación a continuar. 

La cena que había ordenado estaba compuesta por lo que parecía una serie interminable de platillos, cada uno más delicioso que el anterior, todos maridados con vinos exquisitamente seleccionados. Durante la cena me preguntó por mis libros y mi vida. Le conté de mis dificultades para ser publicada y del último rechazo de mi manuscrito y dijo: “En cualquier caso, no debes confundir una sola falla con una derrota final.”

Mirarlo era hipnotizante; cada uno de sus movimientos denotaban elegancia y sus manos se balanceaban con gracia y al ritmo de cada una de sus palabras. Su risa franca y tono resonante me hacían sentir cómoda. Me platicó de sus amigos, en especial de uno al que llamaban Gatsby: “El caso es que da fiestas muy concurridas. Y a mí me gustan las fiestas con mucha gente. Son muy íntimas. En las fiestas con poca gente la intimidad es nula.”

Conforme las horas pasaban su semblante se modificó y percibí la nostalgia que lo invadía. “En una verdadera noche oscura del alma siempre son las tres de la mañana, día tras día”, señaló, levantándose para pedir al pianista que tocara algo más alegre. Regresó a la mesa y me hizo la pregunta que nadie se había atrevido a hacerme:

—¿Por qué estás sola?

—Me gusta.

—“Las personas que viven solas se acostumbran a la soledad.”

—¿Y qué tiene de malo acostumbrarse?

—Nada. Solo recuerda que la soledad no es buena consejera.

Las personas que viven solas se acostumbran a la soledad.”

El alba nos sorprendió aún charlando sobre libros y ciudades. Scott celebraba mi gusto por la vida y los viajes. Salimos del bar y ya en el lobby del hotel me besó en la frente diciéndome: 

—Recuerda, cariño que “El mundo solo existe en tus ojos…Puedes hacerlo tan grande o tan pequeño como quieras”.

—Scott. ¿Crees que algún día encontraré al amor de mi vida? ¿Alguien a quién amar como tu amas a Zelda?

—No pierdas la esperanza, pequeña.

—Nunca olvidaré esta noche—le dije convencida.

Lo vi cruzar la puerta del hotel y encender un cigarrillo mientras garabateaba algo en un libro que había sacado de su bolsillo. Volteó para verme e ingresando a gran velocidad por la puerta giratoria se detuvo frente a mí, me entregó el libro y me dijo: “No te pido que me ames siempre así, pero te pido que recuerdes. En algún lugar dentro de mí siempre habrá la persona que soy esta noche.”

Poco tiempo después me enteré de su triste desenlace y del aún más terrible destino de su amada Zelda. Aún conservo mi ejemplar del Gran Gatsby con la dedicatoria de Scott: «Sigue y repite: “Algún día encontraré a alguien a quien pueda amar de verdad y no le dejaré escapar”».

La búsqueda de mi amor literario continuará…

*Este es el capítulo V de la serie. Citas tomadas de la obra de F. Scott Fitzgerald.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s