La última manda (Cuento)

Clara bajó del autobús aún mareada por el traqueteo del vehículo y por la mala noche que había pasado. Se ajustó el bolso cruzando la correa sobre su cuerpo. Era bien sabido que el santuario no solo atraía a devotos de la virgen, sino también a muchos carteristas y amantes de lo ajeno. 

La señora que había viajado a su lado se despidió de ella y Clara caminó hacia el templo. Eran las 6:03 de la mañana; tenía tiempo para sentarse en el Café Santuario a desayunar el pan de nata que tanto le gustaba con una taza de chocolate. Una joven mesera se apresuró a darle una mesa junto a la ventana. 

—¡Qué gusto verte, Clarita! Justo ayer una de las muchachas preguntaba por ti. Yo les dije que seguro hoy llegarías para la misa de ocho —dijo una pequeña y simpática mujer de cabello blanco que salía de la cocina.

—¡Por supuesto, Elisa! Tú sabes que desde que mi Félix enfermó nunca he dejado de venir a escuchar misa el día del cumpleaños de la virgen, que tantos favores nos concedió.

—¡Que en paz descanse don Félix! ¿Cuántos años de eso Clarita? —exclamó mientras caminaba hacia ellas, una de las muchachas, que en realidad era otra mujer entrada en sus ochentas, al igual que las dos mujeres que conversaban.

—Ya cincuenta años de eso, Lupita. ¡Me da mucho gusto verlas bien, muchachas! ¿Cómo está Sole?

—¡Bien, Clara! No dejes que digan otra cosa estas niñas — exclamó caminando con gran dificultad y apoyada en un bastón, una mujer de mayor edad, pero con un porte de distinción y firmeza.

—¡Sole! Te veo muy bien — dijo Clara mientras se levantaba para abrazarla.

—Anda niña. Siéntate a descansar y ya viene tu pan con chocolate. Seguro que buena falta te hace después de viajar toda la noche. ¿Te regresas hoy mismo?

—Sí. Ya sabes que este es un viaje de 24 horas. Mañana es cumpleaños de mis gemelos y como siempre iremos a comer. 

—¿Vas a comprar blancos? —preguntó Soledad.

—Sí. Pero esta vez son más especiales. Vengo a comprar el ajuar de mi nieta Clarissa.

—¡Se casa la nena! — exclamaron las tres muchachas al unísono.

—Sí. Mi niña se casa, ¡con un gran hombre, además! Un arquitecto de renombre y buena familia. Así es que aprovecho este viaje para comprarles su regalo de bodas y para entregarles sus invitaciones. Ya saben que la nena las quiere mucho y les manda a decir que cuenta con ustedes.

—¡Claro que estaremos ahí! Y no dejes de avisar si necesitas que alguno de los muchachos te ayude a cargar los paquetes — dijo Elisa, mientras la mesera ponía frente a Soledad una gran taza de espumoso chocolate caliente y un pan.

Ese chocolate traía a Clara tantos recuerdos. Su primera visita al santuario había ocurrido el mismo año en que su marido había caído enfermo con dolores insoportables. Él, un devoto de la virgen, le había pedido ayuda y milagrosamente, ante la incredulidad de los médicos, el dolor había cesado. Félix, entonces había pedido a Clara que fuera a pagar la manda por él y ella, a sus 30 años había abordado sola, por vez primera, un autobús para ir a aquel santuario. ¡Qué diferente era ella entonces! Tan miedosa e insegura. Había caído en esa misma cafetería con cara de espantada y, una entonces joven, Soledad le había llevado, sin preguntarle, una taza de chocolate y un pan de nata.

Desde aquel primer encuentro Clara y las muchachas se habían vuelto amigas cercanas que compartían vidas por correspondencia y ocasionales encuentros en fechas de importancia para las familias. Así, las muchachas habían acompañado a Clara el día que se enterró a Félix, pero también habían sido testigos de las bodas de sus hijos y de los bautizos de sus nietos. Clara, por su parte, había asistido a los funerales de los esposos de sus amigas del alma. 

Soledad se sentó junto a Clara, seguida por Elisa y Lupita. La joven mesera llevó una jarra de chocolate, tazas y una charola de pan, junto con una caja de fotografías que las amigas empezaron a ver, recordando sus vidas y momentos compartidos. Cada año se prolongaban más sus encuentros, como si supieran que cada uno podía ser el último. Cuando las campanadas del reloj anunciaron las 8:45 hrs., todas rieron a carcajadas. Clara siempre acudía a la misa de las 8:00 y se le había pasado el tiempo.

Se levantaron y apresuraron a Clara, quien insistió en pagar, pero como siempre fue una batalla perdida, así es que dejó una generosa propina a la joven mesera y tras despedirse de sus amigas y recordarles la fecha de la boda de su nieta, partió al templo, alrededor del cual se congregaban cientos de devotos sin importar la temprana hora ni el frío que calaba hasta los huesos. 

Una fila se había organizado del lado derecho. Tal vez por el frío o quizás por la hora, esta no era muy larga, así es que ajustándose bien el bolso se unió a los fieles que esperaban el ingreso, muchos con imágenes de la Virgen y veladoras que cargaban en charolas decoradas para ser bendecidas por el párroco. Clara llevaba en su bolso una medalla de oro que planeaba regalar a Clarissa, así como cuatro veladoras.

En el momento en que las campanadas del gran reloj empezaron a anunciar las nueve de la mañana, se abrieron las puertas del templo del cual salían cientos de personas con la fe reestablecida. Clara ingresó con el primer grupo, contenta de saber que alcanzaría un lugar en las primeras filas. Justo cuando iba a la mitad del templo y se santiguaba, vio a una mujer en la fila de la salida y la reconoció, era Concepción, una de sus amigas de la secundaria y a quien tenía casi diez años sin ver.

—¡Conchita! —llamó Clara a la mujer que vestía de negro con una hermosa mantilla de brocado fino sobre la cabeza. 

—¡Concepción! —exclamó nuevamente Clara, esta vez en voz más alta, con lo cual logró atraer la atención de la mujer que en sus manos solo sostenía un rosario de perlas. 

—¡Clara! ¡Qué gusto verte! —replicó Conchita con una sonrisa de paz en el rostro. 

—No sabes cómo me acuerdo de ti y tus primas. ¡Tanto tiempo sin vernos! —exclamó Clara, contenta de que ambas filas hubieran dejado de avanzar.

—¡Lo sé! Te extrañamos en la colonia. Pero no sabes lo bien que me sabe el haberte encontrado —dijo mientras su fila comenzaba avanzar.

—¿Porqué no me esperas en el Café Santuario? Está aquí enfrente. En cuanto salga de misa te veo ahí, Conchita.

—Nada me gustaría más, Clarita, pero ya es hora de que me vaya. Solo vine a pagar una manda, pero en serio me dio mucho gusto poder despedirme de ti, mi queridísima amiga.

Ambas amigas se abrazaron ante las miradas de ternura de algunos feligreses y la de molestia de los que querían apresurarse para encontrar un lugar. Clara ocupó un lugar en un asiento de pasillo de la segunda fila, sintiéndose afortunada por el sitio y por haberse topado con su amiga de juventud. ¡Cuántos momentos había compartido con Conchita y sus primas. Las cuatro habían sido inseparables. Pensó entonces en los muchos regalos que la vida le había dado; siempre había tenido amistades para compartir su vida.

Interrumpió sus pensamientos cuando el cura comenzó con la homilía. Clara entonces se concentró en el servicio, pidiendo por las almas de sus muertos y pensando que cada año eran más: sus queridos abuelos, sus amorosos padres, su única hermana, su esposo y muchas amistades. La muerte, a la que tanto habían temido Clara y sus amigas, en su juventud, era ahora una constante compañera.

Mientras los fieles terminaban de comulgar, Clara recordó el baile en el que conoció a Félix, quien era amigo del novio de una de las primas de Conchita. Sus amigas la habían animado a aceptar su invitación a salir y habían sido chaperonas en sus salidas a comer nieve al parque. Habían estado con ella en su boda, en el nacimiento de sus gemelos y en el funeral de Félix. Solo se había alejado de ellas cuando se había mudado a la comunidad de personas de la tercera edad, en la que vivía desde hacía diez años, cuando la soledad le había pesado y sus hijos se habían mudado a otra ciudad.

La misa terminó y el sacerdote caminó entre los feligreses para bendecir las veladoras e imágenes que los fieles llevaban. Al terminar, Clara se formó para salir. Se apresuró para hacer sus compras: dos juegos de sábanas, una colcha, manteles y toallas blancas. Su nieta Clarissa adoraba los deshilados de San Juan. Clara recordaba los años en que su nena la había acompañado al santuario. Los dueños de la tienda la conocían bien y le prometieron preparar su paquete mientras ella iba a comer.

Clara sonreía mientras saboreaba un caldo de gallina en el mismo restaurante donde acostumbraba comer en esos viajes; era una mujer de rutinas, por eso mismo se preguntaba cómo había dejado pasar una década sin hablar con Conchita, Ligia y Lavinia. Se prometió buscarlas en cuanto pasara la boda de la nena. 

En el trayecto de regreso, Clara pensaba en lo afortunada que había sido y en todas las bendiciones que la vida le había regalado. Se durmió durante todo el viaje de regreso a la ciudad y despertó justo en el momento en que el autobús se detenía en la terminal, donde ya la esperaba uno de sus hijos.

Los días se hicieron semanas y muy pronto llegó el momento de la boda de Clarissa. Y justo el destino se encargó de que a la boda llegaran sus queridas amigas Ligia y Lavinia, quienes eran primas segundas de la abuela del novio. El reencuentro de las amigas, durante la recepción de la boda, había sido muy emotivo y fue entonces cuando Clara comentó:

—Justo le decía a Conchita, el día que me la encontré, lo mucho que las he extrañado.

—Nosotras también te hemos extrañado y no se diga a Concha —replicó Lavinia.

—¿Que ya no vive cerca de ustedes? —preguntó Clara extrañada.

—Perdón, Clara. Pensé que sabías que mi prima falleció —respondió Lavinia.

—¿Cómo? ¡Si yo la vi tan sana el mes pasado!

—¡El mes pasado! —exclamaron las hermanas al unísono. 

—No, querida. Concha falleció hace un año —explicó Ligia.

—Chicas. Les juro que era Conchita a la que me encontré en San Juan, justo el día de la Virgen. Me la topé cuando ella salía de misa. Me comentó que estaba pagando una manda.

—¡Ay, mujer! No sabes la alegría que me da saber que Concha pudo cumplirle esa promesa que le hizo a la Virgen. Se nos fue con ese pesar y nos preocupaba que no pudiera descansar en paz —dijo Ligia.

—Pues mira que hasta ahora que lo dicen caigo en cuenta que me dijo que le daba mucho gusto poder despedirse de mí. Que descanse en paz nuestra querida Concha —dijo Clara mientras levantaba una copa para brindar por la memoria de su amiga.

—¡Ay muchachas! ¡No saben el gusto que me da tenerlas aquí a las cinco! Ustedes han sido mis amigas de la vida y aunque no nos vemos tan seguido, quiero decirles lo importante que su amistad ha sido para mí. Ustedes Ligia y Lavinia, junto con Conchita, estuvieron conmigo cuando me casé con Félix, y ustedes, Sole, Elisa y Lupita, me dieron valor cuando más falta me hacía —exclamó Clara mientras se abrazaba con sus amigas en un momento que el fotógrafo pudo retratar. 

El siguiente año, Clara llegó puntual a la misa de ocho y escuchó la ceremonia con devoción, sin soltar su rosario de perlas. Cuando sonaron las campanadas de las nueve, Elisa, Lupita y Soledad, sentadas frente a sendas tazas de chocolate, en una mesa junto a la ventana del Café Santuario miraron hacia el templo y sonrieron al ver a su amiga Clara, quien cruzaba el atrio de la mano de su amado Félix. Al pasar frente al Café, Clara sonrió a sus amigas y les lanzó un beso para desaparecer entre la multitud después de haber pagado su última manda.

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