Cien años

En el salón, el gramófono de su padre sonaba con la voz de Agustín Lara cantando Arráncame la vida, y eso era exactamente lo que Federica deseaba, que le arrancaran la vida, esa que ni siquiera sentía suya. 

Sus pensamientos fueron interrumpidos por su hermana Brígida, que se apresuró a poner más platos en la de por sí ya gran pila, que fregaba Federica. Esa era su vida, lavar platos todo el día, desde la mañana hasta la noche. Estaba segura de que viviría 100 años de tanto fregar, pero ese, decía su tía Socorro, era el destino de las solteronas. Claro que para ser sinceras, la tía Socorro tampoco se había casado y no era siquiera capaz de lavar una de las treinta tazas de té que bebía cada día.

—Federica, cariño. Deja ya esos platos y ven al salón a convivir con todos—dijo su madre amorosa, mientras ponía un brazo sobre su hombro.

—Deja y termino, mami. No quiero acostarme tarde hoy.

—Anda, niña. Deja y te ayudo—expresó colocándose a su lado mientras enjugaba algunos platos.

—¡Felisa! ¿Qué haces mujer?—entró gritando la tía Socorro.

—Ven al salón. Tus hijas, yernos y nietos han venido a estar con nosotros y tú aquí fregando platos. Deja que Federica se encargue, que eso le toca a ella—agregó Socorro con una sonrisa escondida en la comisura de los labios.

—¡Basta Socorro!—exclamó en voz alta Felisa, mientras uno de los platos que enjugaba caía al piso estrepitosamente—No voy a tolerar que sigas atormentando a Federica. Una cosa es que te hayamos acogido en esta casa y otra muy distinta es que siga yo tolerando tu actitud. Y tienes razón, mis hijas y sus familias nos han venido a visitar ¡a NOSOTROS! Así es que termina tú de fregar la loza y vamos Federica. Deja eso, que tu tía Socorro se encarga. Vamos al salón.

Federica no se atrevió a pronunciar palabra, ni a contradecir a su madre. Jamás en su vida la había escuchado hablar en ese tono. Felisa era la mujer más dulce del mundo. Sin voltear a ver a su tía, se quitó el delantal y tomando la mano que su madre le ofrecía, salió al salón, en el cual reinaba un silencio sepulcral y es que el arranque de Felisa había coincidido con el momento en que la música había parado y su esposo, don Federico Reynoso, sus otras tres hijas: Brígida, Felicitas y Socorrito; sus respectivos maridos y sus nietos estaban paralizados.

—¿Pero qué pasa aquí? ¿Por qué ha parado la música? Federico, corazón ¿por qué no pones ese disco de Toña La Negra que tanto me gusta?—solicitó dulcemente Felisa mientras tomaba la mano de su marido.

—Claro, corazón—replicó Federico, mientras buscaba el disco.

—¿Pero qué ha pasado allá adentro?—susurró Socorrito, la menor de las Reynoso a Federica, entre risas.

—¡Calla! Que papá seguro está molesto. Al final del día la tía es su hermana—comentó Federica sonriendo.

La música empezó a sonar al tiempo en que Federico y Felisa bailaban, mirándose uno al otro, tan enamorados como el primer día en que se vieron. Sus cuatro hijas, desde la esquina del salón donde cuchicheaban, los miraban embelesadas. Ese era el amor al que todas aspiraban, aunque ninguna lo tenía. Los maridos de las tres menores jugaban dominó en la mesa de juegos del otro lado del salón, mientras los niños correteaban por el patio y por toda la casa. Cuando la melodía terminó, todos aplaudieron, al tiempo en que la tía Socorro lanzaba los platos al piso y salía corriendo de la cocina hacia su habitación. Así era la tía, siempre esperando la oportunidad para hacer un drama monumental, solo que esta vez, don Federico no corrió detrás de ella. 

Mientras él y Felisa buscaban otra melodía para bailar, Federica los observaba pensando en que ella nunca encontraría eso. A sus veinticinco años hacía tiempo que se le había pasado la oportunidad de casarse y no es que fuera fea, pero su inteligencia había espantado a los hombres. Y los pocos que habían sobrevivido al tradicional helado que era costumbre de la primera cita, habían sido descartados por Federica. Ella siempre había dicho que buscaba al amor de su vida y era todo o nada, así es que se había quedado con la nada. 

—¿En qué piensas mujer?—preguntó Brígida.

—En nada. Solo me gusta observar a papá y mamá. Siempre tan enamorados.

—¡Quién tuviera lo que ellos tienen!—exclamó Felicitas.

—Yo creo que eso no pasa dos veces en el mismo siglo—aseveró Socorrito, con los ojos empañándose.

—Ustedes encontraron el amor. ¡Dejen los suspiros a su pobre hermana solterona!—ironizó Federica imitando la voz de la tía Socorro y deseando terminar con esa conversación que había puesto a sus hermanas nostálgicas.

—¿Sabes Fede? Creo que tenías razón. A veces la nada puede ser mejor que solo algo—sostuvo Brígida, mientras las demás asentían con la cabeza. 

La campana de la puerta sonó y Federica se levantó para abrir. 

—Yo voy—gritó Felicitas.

—No. Deja. Voy yo. Vaya a ser el amor de mi vida quien toca la puerta—bromeó Federica, y saliendo a gran velocidad del salón, asombrada por la conversación que acababa de tener con sus hermanas. «La vida de los demás no es siempre como se demuestra. Yo pensaba que mis hermanas eran felices en sus matrimonios y tal parece que no lo son», pensaba mientras abría el portón que daba a la calle.

Cuando abrió la puerta no encontró a nadie y maldijo a los niños de los vecinos que gustaban de tocar las puertas de los vecinos. Cerro la puerta y caminó nuevamente hacia la casa. Justo cuando estaba por entrar, escuchó nuevamente la campana de la puerta y corrió para atrapar al pequeño delincuente. Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta y extendió la mano agarrando el brazo que aún sujetaba la cuerda de la campana.

—Vaya. Creo que mi madre tenía razón. Cada vez que suena una campana, un ángel recibe sus alas. ¡Y qué belleza de ángel tengo frente a mí!—suspiró el hombre más hermoso que Federica hubiera visto en su vida: alto, varonil, con la cara limpia y unos ojos grandes que la miraban como si ella fuera la obra maestra de un museo.

—Disculpe señor—respondió Federica trastabillando las palabras. 

—No se preocupe, señorita. Podría quedarme así con usted toda una vida.

Fue entonces, cuando Federica se dio cuenta de que aún sostenía el brazo del atractivo desconocido y lo soltó, recobrando al mismo tiempo su aplomo. Escuchó entonces, detrás de sí, la voz del esposo de su hermana Brígida:

—¡Dante! ¡Qué gusto que hayas podido venir!—exclamó emocionado, mientras se abrazaba con el desconocido. 

«¡Claro que tenía que llamarse Dante! No conocía un nombre más apropiado para ese hombre que con una sonrisa podía llevarte al infierno de ida y vuelta en una mirada», pensó Federica caminando hacia la casa. Entró por la puerta trasera a la cocina y vio el desastre que la tía había dejado. Se hizo de una escoba y empezó a barrer los restos de la loza, mientras escuchaba las voces revueltas de su familia en el salón.

Federica había descubierto que el mejor remedio para los nervios era estar siempre ocupada. Aquel hombre la había puesto muy nerviosa, así es que necesitaba calmarse. Rápidamente barrió los pedazos de loza y continuó con su labor de fregar platos. Lamentablemente la tía no los había roto todos y aún tenía cientos por lavar. Mientras lo hacía, pensaba en todos los lugares que soñaba con visitar. Se imaginaba cuán distinta hubiera sido su vida si hubiera nacido hombre y hubiera podido ser explorador para viajar por el mundo. En todo eso pensaba, cuando escuchó la voz de su hermana Brígida:

—¡Fede! Otra vez aquí. Anda. Ven a conocer a Dante.

—Ahora voy nena. Solo déjame terminar esto.

—¡Vaya si es guapo este hombre!—afirmó Socorrito entre susurros, mientras entraba a la cocina.

—¡Lo sé!—concedió Brígida.

—¿Pero dónde estaba escondido este amigo? ¿Me lo pudieron haber presentado antes de que me casara con Raúl?—reclamó Felicitas al entrar a la cocina.

—¡Cállate Felisa!—respondieron Brígida y Socorrito al mismo tiempo.  

—Pues este es el mejor amigo de Carlos. Es fotógrafo para la National Geographic y anda siempre de viaje por el mundo. Cuando nos casamos estaba en África, donde pasó varios años. Según nos contó hace un par de días que vino a cenar a la casa, acaba de regresar a México después de darle la vuelta al mundo en cinco años. ¡Es de lo más mono! ¡Vieran las cosas tan lindas y curiosas que nos ha traído de obsequios! 

—¡Niñas! ¿Otra vez cuchicheando en la cocina? ¡Qué mal educadas! Hasta parece que las educó su tía Socorro—bromeó su madre. 

—Solo vinimos a poner el café mami—respondió Socorrito entre carcajadas.

—¡Qué agradable es el amigo de Carlos, Brígida!—exclamó Felisa mientras se ponía al lado de Federica para enjugar los platos que ella enjabonaba.

—Sí, mamá. Eso les decía a mis hermanas. Es de lo más amable. Figúrate que el jueves que cenó en la casa se puso a recoger la mesa cuando terminamos de cenar e hizo que todos llevaran sus platos a la cocina. A Carlos casi le provoca un infarto al verlo que quería lavar la loza. Casi muero de la risa cuando vi entrar a mi marido a la cocina con su plato y vaso en la mano. ¡No sabía qué hacer con ellos!—contó Brígida entre risas, seguida por las carcajadas de sus hermanos.

—Ese, mijita, ¡sí es un hombre de mundo!—declaró Felisa.

—Su padre será un caballero pero jamás ha lavado una taza. Creo que no sabría ni cómo hacerlo—agregó.

Las mujeres terminaron de lavar los platos al tiempo en que el café estaba listo y todas regresaron a la sala a tomar el café y el postre. Federica se apresuró a hincarse junto a la mesa de servicio para partir el pastel que había preparado, cuando sintió a Dante sentado en el piso a su lado acercándole los platos. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, escuchó la voz de su cuñado Carlos:

—Dante. Ella es Fede, Federica, mi cuñada la mayor, bueno, la hermana mayor de Brígida.

—Nos conocimos brevemente cuando la señorita estuvo a punto de arrancarme el brazo en la puerta. Fue una suerte que hubieras salido a rescatarme—expresó Dante mientras simulaba una garra que trataba de arrancar su brazo.

—¡No! No sea usted exagerado. ¿Qué va a pensar mi familia? Lo que pasa es que yo pensé que era alguno de los niños de los vecinos que se dedican a jugar bromas tocando puertas—replicó Federica seriamente causando las carcajadas de su familia.

—¡Ah! Entonces ¿es usted una cazadora? Es muy buena acechando a la presa. Créame que yo me quedé sorprendido y pasmado por su habilidad, señorita—respondió Dante, causando el sonrojo de Federica.

—Pues mira Fede que si Dante lo dice, debe ser cierto. Acaba de regresar del África y sabe todo de cacería—agregó Carlos.

—¿Sabe todo de cacería y aún no está cazado con z?—preguntó Felisa maliciosamente.

—Ni con z, ni con s, suegra. Este es de los que no cree en el matrimonio ni en el amor. Le ha dado la vuelta al mundo y no ha encontrado a la mujer de sus sueños—señaló Carlos.

—Pues joven, le recomiendo se apresure a encontrarlo que solo eso hace que valga el viaje por los nueve círculos del infierno—sugirió Federico sonriendo a su esposa.

—Pues puede que muy pronto siga su consejo don Federico—contestó Dante mientras miraba a Federica que seguía sirviendo el pastel.

Federica se sentó en el sofá individual que estaba vacío tratando de alejarse de ese hombre que la hacía sonrojar. Pero no pudo descansar mucho, pues muy pronto sintió a Dante  a su lado preguntándole si disfrutaba de leer. Y solo con esa pregunta ambos se enfrascaron en una charla que los hizo olvidar las buenas costumbres y al resto de las personas que estaban a su alrededor. 

Su diálogo fue interrumpido rato después de que el café se había enfriado por la voz estruendosa de la tía Socorro:

—Hermano. ¡Dado que tu esposa e hija no me respetan me regreso a mi casa!

Todos se quedaron en silencio al escuchar sus palabras y al verla con sombrero, guantes, bolso y maleta en mano.

—Anda y ve con Dios hermana. Mañana veo que te manden el resto de tus cosas—añadió Federico con voz pausada y aún tomando la mano de su esposa. 

Socorro, que en realidad llevaba la maleta vacía, se quedó pasmada y no pudo más que salir y andar a pie de regreso a su casa que dicho sea de paso, estaba a un par de cuadras.

—Anda, amor. Pon un poco de música para que sigamos bailando. Dante, dígame usted que le gusta bailar—dijo Felisa.

—Pues lo hago muy mal doña Felisa, pero si su hija me hace el honor, me gustaría demostrárselo.

Y así, Federica, quien también bailaba muy mal, cayó por vez primera a los brazos de Dante al ritmo de Edith Piaf y La vie en rose, mientras hablaban de libros y él le contaba sobre sus viajes. La tarde se hizo noche y todos empezaron a decir que era hora de irse a casa.

Federica se dirigió a la cocina con el pastel que quedaba y la jarra de café. Las hermanas menores acomodaban los platos y tazas en una charola mientras apresuraban a sus hijos a ponerse los abrigos. Dante, tomó la charola de manos de Brígida y se apresuró a seguir a Federica.

—¡No me vuelvan a traer a ese hombre, Brígida!—balbuceó Federica pensando que era su hermana la que entraba a la cocina.

—¿Tan mal te he tratado, Federica?—preguntó Dante dulcemente y con un esbozo de sonrisa.

—Perdóneme, Dante. No quise decir eso.

—Nada de hablarme de usted, que tú y yo, Federica, estamos destinados a ser un nosotros—decretó, mientras se acercaba a ella y la tomaba de la mano.

—No nos conocemos, Dante.

—Tenemos una vida para conocernos. Carlos tiene razón. Le di la vuelta al mundo y no encontré una mujer como tú. Eres la mujer más hermosa e inteligente que he conocido. Ahora sí lamento haberme perdido la boda de mi mejor amigo.

—¿Estás seguro? Mira que aún puedo hacer que te arrepientas de tus palabras. Puedo ser peor que los demonios del infierno—contestó Federica sonriendo.

Carlos entró a la cocina y al verlos salió y auguró, entre un susurro y una carcajada: 

—Creo que el cazador se convirtió en presa. Prepare la cartera suegro, que creo que tendremos boda pronto.

Y aquellas palabras mismas palabras de Carlos provocaron la risa de los 333 asistentes a la boda más elegante y más rápidamente organizada en la ciudad. Y fueron las mismas que el periodista de la sección de sociales publicó, añadiendo que no había novia hermosa ni novio más enamorado, junto con una nota personal sobre el extraño número de invitados. Solo la familia sabía que el lugar 334 había sido de la única persona que había rechazado la invitación, la tía Socorro, quien nunca se cansó de contar a quien quisiera escucharla, de los malos tratos y desprecios que había sufrido por parte de su cuñada y su sobrina “la quedada”. 

Tres meses después, al regresar de una luna de miel en Italia, Federica se apresuró a levantar los platos mientras Dante y sus cuñados jugaban con las espadas que habían traído a sus sobrinos. Mientras lavaba las copas lo sintió abrazándola y preparándose para ayudarla. 

—Y dime, esposa, ¿aún quieres que te arranquen la vida?—preguntó él sugestivamente, mientras Cien años en voz de Pedro Infante sonaba en el gramófono.

—Anda,—agregó Federica sonriendo —sigamos fregando la vajilla, que así a tu lado, sí quiero vivir cien años.

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