Una merecida recompensa

«Esta sería su noche. Tendría su recompensa», pensó Melitón tratando de ocultar la sonrisa mientras el Padre Tomás le decía que tenía que salir a darle los santos óleos a un importante hacendado de la región que yacía moribundo en su lecho. El camino era largo, por lo cual el cura planeaba regresar hasta el día siguiente. 

Diligentemente, ayudó al sacerdote a cargar sus cosas hasta la elegante camioneta que lo esperaba en la puerta. El cura, antes de entregarle las llaves, le recordó la primera regla que le había dicho el día que Melitón entró a trabajar con él, seis meses atrás. 

—Tienes que cerrar la iglesia en punto de las seis. No puedes estar dentro después de esa hora. Recuérdalo, Melitón. Es muy importante. 

—Sí, señor cura—dijo Melitón.

El cura se fue. Melitón sabía que tendría algunas horas para poder llevar a cabo su plan. Las únicas que quedaban en la iglesia en ese momento, eran las viejas vestidas de negro que todas las tardes se reunían a rezar. 

Melitón había visto al señor cura retirar ya las limosnas de las alcancías. Era una actividad que el sacerdote realizaba personalmente cada tarde, antes de que llegaran las viejas cacatúas. Era parte de la rutina del viejo presbítero. Después de comer, una a una, abría las alcancías y recogía el dinero. Melitón se había ofrecido a ayudarlo en más de una ocasión, pero la respuesta había sido siempre un tajante «no», así es que él solo observaba a la distancia cada tarde, tratando de adivinar el monto del botín que sentía, se le escapaba de las manos.

Estaba harto. Llevaba ya, seis meses en el empleo. Su compadre Filemón, le había dicho que tan solo le había tomado dos meses —ayudando al cura de otra iglesia a recolectar las limosnas —obtener el dinero para construir su casa. El hermano de Filemón, Eusebio, contaba que a él le había tomado cuatro meses, robando de a poco cada día. «¡Y ellos estaban en capillas más pequeñas!», pensaba Melitón desesperado. 

Melitón había conseguido trabajo ¡en una catedral! y veía las grandes cantidades de dinero que el cura extraía de las alcancías. A veces, sacos, que con gran dificultad subía por la angosta escalera que llevaba al órgano monumental. Nunca había aceptado la ayuda que Melitón le había ofrecido y es que claro, Melitón también quería ayudarse o ¿no decía la Iglesia que había que ayudar a los pobres? Y él, era muy pobre, un miserable que había crecido en el seno de una familia deshecha. Además, pensaba, se trataba de un acto de justicia y es que su padre, antes de abandonarlos a él y a su madre, le había dicho que las torres de la parroquia de su pueblo se habían construido con las limosnas que todos los días su madre entregaba a la iglesia. 

Melitón aprovechó el tiempo para revisar la sacristía. Seguro el cura tenía por ahí algo de mucho valor. Sabía que las viejas tenían al menos media hora más de rezos. ¡Que si lo sabía él! Estaba harto de escucharlas rezar todos los días ¡la misma cantaleta, una y otra, y otra vez! Ya estaba harto, pero esta noche tendría su oportunidad. En cuanto se fueran las viejas, buscaría el dinero. Estaba seguro era un gran botín. El banco del pueblo llevaba quince días cerrado, así es que el cura no había hecho depósitos en todo ese tiempo. Solo tendría que encontrar el escondite, sacar el dinero y después ir a su jacal a recoger sus tres trapos, aunque pensándolo bien, con su fortuna bien podría comprarse un traje, como esos que usaban los catrines. 

Mientras buscaba, Melitón soñaba en todo lo que compraría y en la casa que construiría en un nuevo pueblo. Sería la más grande y bonita. Y seguro que conseguiría una muchacha bonita para hacerle compañía por las noches. De pronto, se interrumpió, preocupado ¿cómo cargaría con todo el dinero? Y entonces recordó, que el curita había dejado su vieja camioneta estacionada detrás de la iglesia. ¡Qué oportuno! Incluso tenía el tanque lleno. Melitón lo había cargado un día antes. Terminó de revisar la sacristía, la oficina y todas las capillas, pero no había nada. Solo quedaba subir al lugar donde estaba seguro, seguía el dinero, el órgano.

Esta era su oportunidad. En algún momento, Melitón había pensado que si no podía robar el dinero de la parroquia, tal vez podría robar una pieza de ese órgano, que decían era muy valioso, pero luego pensó que no tenía idea quién podría comprársela. 

Ya estaba desesperado, en seis meses no había conseguido siquiera una moneda. Más de una vez había estado a punto de golpear al viejo cura para robarse las reliquias de la iglesia, bien decían que el santito que ahí se veneraba era muy milagroso y seguro podía cobrar un buen rescate, pero se detuvo pensando en que el pueblo podría lincharlo si secuestraba a su santo. 

Melitón se había prometido esperar hasta cumplir siete meses para intentar robar el dinero de las limosnas. Estaba dispuesto incluso, a matar si no lograba conseguirlo. No sería la primera vez. 

Cuando las mujeres terminaron de rezar, Melitón prácticamente las echó, recordándoles que al cura no le gustaba que el templo estuviera abierto después de las seis. «¡Vaya costumbre! ¡Qué curita más flojo! Mira que cerrar a las seis cada día. Hay curas que dan misa de ocho o incluso de gallo», pensaba Melitón mientras apuraba a las mujeres a salir. Vio el reloj que marcaba 5:10 y se dijo, «el cura no quiere que esté abierta a las seis, la cerraré ahora». 

Revisó que no hubiera nadie en la iglesia. No quería testigos. Una vez que se aseguró que estaba solo, subió la escalera de caracol que conducía al órgano. Cuando llegó ahí, se impactó por su tamaño y majestuosidad. Vio entonces una pequeña puertecita entre los tubos del órgano.

—Así que ese es tu escondite, viejito.—exclamó Melitón riendo y entonces entró. No necesitó ni un mazo, ni una barreta para abrir. Le extrañó que el cura tuviera tanto dinero guardado, sin más medida de seguridad que un Cristo crucificado. «Pues mira que tu santito no te va a servir de mucho, viejito», se dijo Melitón. El lugar estaba lleno de baúles repletos de dinero. «Vaya. Así es que este viejito no deposita todo a los curitas europeos cuando va al banco. Seguro que es un ladrón y ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón» se dijo entre carcajadas. En realidad el Padre Tomás, reservaba dinero para el hospital que quería construir en ese pueblo tan alejado de la mano de Dios.

Con gran dificultad, empezó a bajar, uno a uno, los baúles y sacos llenos de dinero, joyas y hasta oro. Pensó en irlos subiendo a la camioneta, pero luego se le ocurrió que había una gran cantidad de ladrones por ahí y temió que le robaran el fruto de su esfuerzo, así es que empezó a acumular todo en la oficina. Por la puerta de esta, podría salir directo a la camioneta y no llamaría la atención. Se felicitó por su inteligencia y continuó con su labor. 

Cuando solo quedaban algunas monedas tiradas en el piso, que Melitón regresó a recoger (no había que desperdiciar), se escucharon las campanadas del reloj que daban las seis. «¡Vaya que sí fui eficiente!», se dijo Melitón. «Solo me tomó cincuenta minutos vaciar la bóveda del viejito».

Cuando iba saliendo, cuál fue su sorpresa al escuchar unas notas del órgano. No estaba solo. Había alguien en la iglesia. Melitón se guardó las monedas en los bolsillos y buscó algún arma. Encontró un viejo bastón de madera y salió, ahora sí, dispuesto a mancharse las manos. No podía detenerse. Decidido, salió y se topo con la espalda de una joven mujer que tocaba una nostálgica melodía que lo hizo pensar en su infancia, pero regresó rápidamente a la realidad.

«¡Vaya! ¡Vaya! Vaya! Pero ¡qué guardadito se tenía el viejito este secretito! Pero mira, si aquí tiene a una delicia», pensó, al admirar el cuerpo joven de la mujer de cabello largo que tocaba el órgano sin percatarse de su presencia. «Tal vez deba conquistar a esta chiquita. Quién quita y se anima a irse conmigo. Soy más joven que el padrecito. O tal vez podemos pasar solo un buen rato juntos».

En ese momento, toda la maldad que había en su alma se junto con la lascivia que lo invadía. Si era un ladrón, que le importaba ser un violador o un asesino. Tenía tiempo, el cura no regresaría hasta la mañana siguiente. Podía darse este premio para celebrar su triunfo.

—Buenas noches—dijo Melitón con voz fuerte. Ella ni siquiera volteó.

—Buenas noches, guapa—repitió y nada.

—Buenas noches, preciosa—le dijo más cerca sin tener respuesta.

Ahora sí, estaba furioso. Se acercó a ella y la tomó de los hombros. Entonces ella volteó la cara. ¡Qué sorpresa se llevó Melitón! Donde debía haber un rostro, solo había un esqueleto. En el lugar donde debían estar sus ojos, había solo huecos que lo miraban. Ella dejó de tocar las teclas del instrumento y con sus huesudas manos lo sujetó de los brazos. En vano trató él de huir. Solo se escucharon dos gritos, el primero un grito espectral en tono de mujer y el segundo el grito de terror de un hombre. 

A la mañana siguiente, el cura regresó a la iglesia. El hombre al que había visitado la noche anterior, había fallecido y el capataz de la hacienda lo había traído de regreso con canastos llenos de fruta para los niños del catecismo, voluntad del difunto. El sacerdote le pidió al capataz le ayudara a cargar todo al interior de la iglesia y cuál fue su sorpresa al encontrarse todo su dinero en la oficina.

El capataz, un hombre de acción, le dijo mientras desenfundaba su arma—Espere aquí, señor cura. Voy a investigar.

La casualidad, hizo que justo en ese momento llegara el jefe de la policía, quien por cierto iba a confesarse por un desliz que había tenido la noche anterior. Lo pusieron al tanto de la situación y los tres hombres —dos armados con pistola y uno con su bastón— ingresaron al templo. El cura dijo entonces —Si el dinero está aquí, el ladrón seguro no pudo escapar y sé dónde puede estar.

Los tres hombres subieron la escalera que llevaba al órgano y ahí lo encontraron, el cadáver de Melitón. Solo que en vez de tener el cabello negro, como lo había tenido la tarde anterior, este era totalmente blanco y su rostro lucía descompuesto. El cura esbozó una leve sonrisa, mientras el capataz se santiguaba y el jefe de la policía expresaba—Este hombre se murió de miedo.

—¡Ay hijo!—exclamó el cura.—Siempre le dije a Melitón que no podía permanecer en la iglesia después de las seis de la tarde. 

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