Saliendo de la rutina (Cuento)*

Después de 20 años de matrimonio, tres hijos, dos gatos y un perro; Frank y yo estábamos enfrascados en una rutina, en la que éramos sobresalientes como en todo. Él, un abogado de prestigio y yo una reconocida diseñadora de modas. Ambos, atractivos y exitosos, habíamos construido juntos la imagen de la familia perfecta. 

Con miles de seguidores en Instagram, yo ya era considerada una influencer; aún así, me daba el tiempo para subir mis fotografías desayunando con mis hijos y esposo cada mañana. Frank, un padre legitimamente amoroso, llevaba a los niños a la escuela cada día, antes de ir a los tribunales. Ambos coordinábamos nuestras agendas para que al menos uno de los dos leyera un cuento a los gemelos a la hora de dormir y para asegurarnos que nuestro “adorable” adolescente no abusara del Internet.

Las fotografías de nuestras vacaciones y comidas familiares siempre generaban miles de reacciones en las redes sociales. Un video de TikTok de nuestro vigésimo aniversario de matrimonio, celebrando con los chicos en un lujoso yate se había vuelto viral gracias a una acrobacia de nuestro hijo mayor en su flyboard. Eramos una familia envidiada y la pareja ideal.

Lo que nadie veía era lo que ocurría en nuestra alcoba, en la que sobraba la cordialidad; pero la pasión brillaba por su ausencia. Una noche, después de mi InstaLive con consejos de belleza, miré a Frank, quien leía detenidamente un tratado jurídico en la cama. Se veía tan diferente al impetuoso joven y ambicioso abogado del que me había enamorado. No obstante, podía apreciar que su sano estilo de vida y nuestra desahogada situación económica lo habían tratado bien. Unas cuantas canas y un par de arrugas alrededor de sus ojos le daban un aire muy interesante.

Me recosté a su lado, enfundada en mi salto de cama de seda y él me sonrió sin dejar de tomar notas en una sofisticada libreta. Abrí una de las revistas de moda de mi buró y mientras la ojeaba le dije juguetonamente y mirándolo de reojo: 

—¿Sabes que, según científicos de una prestigiada universidad europea, la principal causa de la infidelidad es la falta de sexo?

Él, dejando a un lado la pluma, el libro y la libreta, se quitó las gafas y me dijo riendo: 

—No te preocupes, cariño. Estoy demasiado cansado para serte infiel; pero ya pensaré en algo.  —Me dio un beso en la frente y acto seguido se durmió.

Al día siguiente, mientras estaba en la oficina, recibí un mensaje de un número desconocido: “Recuperemos el tiempo. 19:00 hrs. Hotel Rendezvous. Habitación 313. Reservación a nombre de la Sra. Marie Claire”. 

Miré mi Rolex; las 18:30 hrs. Sin pensarlo dos veces cerré el ordenador, mandé al chófer a su casa y conduje hacia el lugar. Me alegraba ver que Frank había recordado que ese era el primer hotel al que habíamos ido juntos. Sonrojada y escondida detrás de unas enormes gafas oscuras —para no ser reconocida por mis followers— me presenté ante la recepcionista como la Sra. Marie Claire.

Entré a una exótica habitación tenuemente iluminada por bombillas rojas. En la cama, un sugerente negligé me esperaba con una nota que decía: “Espero encontrarte en cuatro y enfundada en esto cuando llegue”. Solté una carcajada al imaginarme la escena. Me apresuré a cambiarme, sin olvidar el antifaz que complementaba mi sexy atuendo, para después colocarme en posición sobre la cama. 

Justo cuando iba a levantar el brazo para hacerme una selfie, la puerta se abrió y fue entonces cuando me di cuenta de que el hombre que se arrancaba la ropa a gran velocidad, mientras se dirigía ansioso hacia a mí, no era mi marido. Pensé en gritar «¡Número equivocado!»; pero aquellas enormes manos extrañas que me acariciaban con deseo, me disuadieron. Decidí entonces disfrutar el momento. Al fin y al cabo se trataba de un inocente error.

*Un agradecimiento muy especial al maestro Óscar de la Borbolla y a todos mis compañeros del Taller de Creación Literaria por ayudarme a corregir este cuento.

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