Un caso poco común*

Felipe siempre había sentido que le faltaba algo y muchas noches se había sentido legítimamente mal. Su vida había sido siempre sencilla. Tenía una familia amorosa, una esposa que lo amaba, una hermosa casa y un buen empleo. Sin embargo, ese hueco que sentía en medio del pecho, cada vez era más frecuente y le producía una inmensa nostalgia por algo que no sabía qué era. Preocupado y en absoluto secreto, acudió a ver a un psiquiatra. Tal vez necesitaba ayuda profesional. El doctor Ramírez era un psiquiatra de renombre, especialista decían, en casos poco comunes. Tuvo suerte en conseguir una cita y al llegar al consultorio y ver al hombre que lo recibía, su respiración se detuvo. 

—Me preguntaba cuándo aparecerías por aquí, hermano.

Era como si se estuviera mirando en un espejo. Felipe no podía creerlo. 

—Pasa, hermano y toma asiento—dijo el desconocido.

—¿Qui…? ¿Quién eres?—preguntó Felipe.

—¿En serio tengo que explicártelo? Pensé, por todos tus títulos universitarios que eras un hombre inteligente.

—¡No podemos ser hermanos! ¡Soy hijo único!

—¿Así que también te contaron ese cuento? Mamá y papá sí que nos la hicieron buena. ¡Mira que divorciarse y partir todo por la mitad, incluidos los hijos! La vieja me lo confesó en su lecho de muerte. 

—Pero, no, no puede ser. Mi madre vive en Florida.

—¡Hermanito! Esa mujer no es tu madre. Es tu madrastra. La viuda del viejo que nos engendró y mintió a ambos.

—Yo creo que usted está confundido. Mi nombre es Felipe de la Rosa. Mis padres…

—¡Suficiente! ¡Cállate, Felipe! ¡Mírame y mírate! Somos idénticos. 

Felipe se derrumbó en el diván. Toda su vida pasaba frente a sus ojos. Las palabras de ese hombre no podrían ser verdad. Su madre siempre había estado presente en su vida. Recordó su primer viaje a Disneylandia y sus veranos en la playa. «Tengo una buena vida. Este hombre miente», pensó. «Pero entonces, ¿Porqué me parece tan familiar?».

—Vamos, Felipe. Ha llegado nuestro momento, hermano. ¿No te das cuenta? ¿No sientes como algo se está acomodando en tu pecho? No me digas que no. Hermanito, sé lo que estás pensando.

—No. No tienes idea de lo que estoy pensando en este momento. 

—Sé que estás pensando en llamar a Eva, la mujer que crees que es tu madre. Sé que estás pensando en llamarla a su casa en la orilla del lago, donde bebe limonada justo a esta hora—comentó el doctor Ramírez con una maquiavélica sonrisa en el rostro.

—¡Cómo!—exclamó Felipe sorprendido.

—Hermanito. Tú y yo estamos conectados desde el útero. ¿Cómo crees que te encontré?

—Pero yo no te recuerdo—replicó Felipe.

—Ya lo harás. Ya verás que pronto te acostumbras a mí, pues, hermanito, yo vine aquí para quedarme a tu lado.

Ambos hermanos se abrazaron y Felipe percibió entonces aquella sensación de el hueco en el pecho se empezaba a desvanecer. Se despidieron con la promesa de que no hablarían de ese reencuentro con nadie, hasta que Felipe pudiera viajar a Florida a platicar con su madre. Esa noche, al llegar a casa, la esposa de Felipe lo notó diferente y le preguntó qué tenía. Él, recordando el trato que hiciera con su hermano, no le dijo nada y solo la besó. Se sentía muy feliz. A escondidas de su esposa y en total sigilo, empezó a reunirse con su hermano. Felipe le mostró las fotos de su infancia y Fernando, las de la suya, incluidas las imágenes con su padre adoptivo, un brillante cirujano de quien había heredado el apellido y gusto por la medicina.

Felipe contó a Fernando sobre el trágico e inexplicable accidente que había causado la muerte a su padre y Fernando le platicó sobre la enfermedad que había acabado lentamente con la vida de su madre. Era curioso como sus padres biológicos habían fallecido en la misma semana, con tan solo cuarenta y ocho horas de diferencia. Felipe quería saberlo todo sobre su madre biológica y sobre el divorcio de sus padres. «¿Porqué nos separaron?», se preguntaba constantemente y entonces se acercaba más a su hermano.

Conforme las semanas pasaron, Felipe se alejaba más de su esposa y amigos. No podía siquiera hablar con su madre por teléfono, por temor a decir algo inapropiado. Él tenía que hablar con ella en persona, pero no podría viajar a verla hasta la Navidad por su trabajo. Felipe, ya casi no sentía el hueco en el pecho, pero sí un extraño dolor en un costado. Una tarde, estando en la oficina de Fernando comentando sobre esa sensación compartida, ambos se desmayaron. Al despertar, se preocuparon por su salud y Felipe propuso acudir a un médico. Fernando se negó. Él sabía lo que ambos padecían, pero se negaba a decirlo y Felipe, aún no lograba leer la mente de su hermano.

Felipe, intentaba por todos los medios, obtener la verdad por parte de su hermano. Ambos empezaban a verse cada día mas demacrados. La esposa de Felipe, trataba de convencerlo de que tenía que ir a un hospital, pero él se negaba. Su hermano le había prometido que su padre, una eminencia médica vendría pronto a revisarlos.

Una mañana, Felipe recibió una llamada. El interlocutor se anunció como el Dr. Federico Ramírez. Su mensaje fue corto, Fernando estaba en el hospital y su estado era grave. Felipe dejó la oficina sin dar explicaciones y tomó un taxi hacia el nosocomio. Era una extraña clínica, rodeada unos altos muros y casi oculta entre enormes árboles. 

—Felipe, hijo. Gracias por llegar tan pronto—lo saludó afablemente, en la puerta de la elegante construcción, un pequeño hombre en un fino traje de tweed y bata blanca.

—Dr. Ramírez, me imagino. 

—Por favor llámame Federico. Somos prácticamente familia. Vaya. Realmente siguen siendo idénticos tú y tu hermano. Vamos. Te llevare a verlo. Y luego quiero hacerte estudios. Estoy muy preocupado por su condición. 

Fernando yacía en una cama de hospital conectado a tubos y máquinas. Felipe estaba impactado. Su hermano se veía tan pequeño y delgado. Alguna extraña enfermedad lo aquejaba…«¿Padeceré yo lo mismo?», se preguntaba. El Dr. Ramírez lo llevó de inmediato a la sala de resonancia magnética y ordenó le practicaran todo tipo de análisis. 

Felipe notó que en esa clínica había un ejército de médicos y enfermeras al servicio del galeno. Otra rareza había notado, no había más pacientes a su alrededor. Era como si Fernando y él fueran los únicos enfermos. Quiso llamar a su esposa, pero no encontró su teléfono. Una enfermera prometió llamarla por él mientras estaba en cirugía. 

—¡Cirugía! ¿De qué demonios hablan?— gritó Felipe. 

—Tranquilo, hijo. Veo que esta joven enfermera te ha alarmado. Anda, muchacha. Ve y llama a la Sra. de la Rosa. Felipe. No voy a mentirte. Tú y tu hermano padecen la misma condición. Lo temía desde su nacimiento y me he estado preparando toda la vida para ayudarlos. 

—¿Desde nuestro nacimiento?—preguntó Felipe extrañado. Todo sonaba tan extraño. 

—Perdóname, hijo. Pensé que Fernando te lo había contado todo. Yo fui el médico que los trajo al mundo. Yo los atendí durante sus primeros meses de vida y tal vez eso me acercó tanto a tu madre. Fui yo, también, el responsable de…

—¡Doctor! Fernando está sufriendo un paro—vociferó un médico. Ambos doctores salieron corriendo al mismo tiempo que una enfermera entraba con varios papeles que ofreció a Felipe para firma. Formas para cumplir con lo requerido por el seguro. Él firmaba con rapidez preocupado por la vida de su hermano y por la suya propia. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la joven enfermera. 

—Su esposa viene en camino. Le he dicho que usted está bien, pero que le están practicando estudios. Discúlpeme si lo alarmé. Dígame si puedo hacer algo por usted. 

—Gracias. Ahora puede ayudarme diciéndome cómo está mi hermano. Por favor.

—Desde luego—aseveró ella, al mismo tiempo que salía de la habitación. Regresó un par de minutos después, a informarle de la situación, pero Felipe no la escuchó. Se desvaneció de inmediato. 

Despertó sintiendo un extraño cosquilleo en el lado izquierdo de su cuerpo. La cabeza le pesaba y entonces escucho un grito. Del otro lado del vidrio estaba su dulce esposa que con las manos sobre el cristal lo miraba aterrada, rodeada por todos los médicos y enfermeras que aplaudían al Dr. Ramírez, quien lucía una sonrisa de orgullo. 

“¿Qué demonios está pasando?», se preguntó Felipe, aún confundido por la anestesia. 

—Pasa, hermanito, que al fin estamos juntos—susurró Fernando, quien estaba recostado en el lado izquierdo de la cama.

—Estaremos bien, Felipe. Papá ha corregido el error que el viejo le obligó a cometer. ¡Mira que partir todo por la mitad al divorciarse, incluidos los hijos!…

Fue entonces cuando Felipe se dio cuenta que la extraña sensación en su lado izquierdo era su hermano, unido a él. Pensó en gritar, pero entonces notó que el dolor en su pecho había desaparecido totalmente y que al fin se sentía completo. Miró a su aterrada esposa y le sonrió, lanzándole un beso. Con la mano izquierda, tomó la de su hermano y al tiempo que alzaba ambas, levantó la mano derecha, cerrando el puño y mostrando el pulgar hacia arriba en señal de triunfo.

El Dr. Ramírez juntó sus manos en señal de agradecimiento, mientras pensaba en su discurso de aceptación de premios. El nacimiento de siameses no era común, separarlos con vida había sido un logro, pero volverlos a unir…ese sí que era un caso poco común.

*#MismoInicioDiferenteFinal

Ejercicio de escritura creativa desarrollado por @MaruBV13 y @AliciaAdam16.

Observaciones:

  • Intro en cursiva propuesta por @MaruBV13.
  • Título del texto: Un caso poco común.
  • Extensión: Alrededor de 1,500 palabras.
  • Comenzamos con el mismo inicio y cada autor o autora le da un final distinto.

Puedes leer el texto de @AliciaAdam16 inspirado en la misma entrada de esta historia en: https://aliciaadam.com/2019/10/06/un-caso-poco-comun-retomismoiniciodiferentefinal/amp/?__twitter_impression=true

9 comentarios sobre “Un caso poco común*

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