Vecinos juguetones (Cuento)

Aquellos susurros retumbaban en mis oídos y me sacaron del letargo en el que el jet lag, el cansancio y las poco más de veinticuatro horas sin sueño me habían sumido.

—«¡Hazlo ya!» —decía una mujer suplicante.

—«¿Estás segura?» —preguntaba un hombre.

—«¡Sí! Rápido. ¡En un movimiento!» —ordenó ella.

El ring de mi teléfono nos puso en alerta a los tres. Escuché un «¡shh!» del otro lado del muro y me apresuré a poner el aparato en silencio, mientras me encerraba en el baño que ocupaba el lado contrario de la habitación, para responder a la niñera que llamaba para darme el reporte de mis hijos, quienes, del otro lado del mundo, acaban de despertar.

Cuando terminé la llamada, me miré al espejo. Las doce horas de vuelo, seguidas por una serie de juntas interminables con mis clientes madrileños, me habían cobrado la factura. Abrí la llave del agua caliente y me sumergí en la bañera. Cerré los ojos y me quedé dormida. Un golpe en la puerta de la habitación me despertó; me enredé la pequeña toalla alrededor del cuerpo, mientras ágilmente salía de la tina de baño. 

En la habitación todo lucía en orden. La puerta estaba cerrada y la cadena de seguridad en su lugar. Otro golpe seco. Me di cuenta, entonces, que el ruido provenía de la puerta que conectaba mi diminuta habitación con la de los vecinos juguetones. 

—«¡Shh! Nos va a escuchar.».

Indiscutiblemente era la voz de una mujer sofocada. Me pregunté qué estarían haciendo y me reí. Tomé el control remoto de la televisión —un poco de ruido blanco para tranquilizar a los nerviosos de al lado— y mientras un grupo de mujeres discutían sobre feminismo, me apresuré a enfundarme en el salto de cama que yacía al fondo de la maleta, lamentando no tener una pijama más abrigadora.

Mi viaje había sido apresurado. Una emergencia en la sucursal de Madrid de mi empresa me había obligado a tomar un avión y cruzar el Atlántico para tranquilizar a unos clientes ansiosos y de paso, despedir al gerente que había pasado más tiempo en los bares de Malasaña, que en reuniones de negocios.

Empecé a hurgar en aquella maleta de emergencia que no había abierto en casi un año, el tiempo que había dejado de viajar a causa de un embarazo de alto riesgo, un parto prematuro, un bebé con reflujo, los gemelos que empezaban caminar, un marido de moral distraída y un divorcio necesario. 

Esa pequeña maleta negra había sido mi compañera desde que puse un pie en aquella compañía trasnacional, cuando era una ambiciosa mujer soltera, recién salida de la escuela de negocios. Qué tiempos aquellos en los que de la nada, tenía que volar a Río, Nueva York, Madrid, Barcelona, Praga, Roma o París. La primera lección que me dio la única mujer que ocupaba un asiento en el consejo directivo fue: «Ten siempre una maleta de mano lista y tus documentos de viaje al día.». 

Sobraba decir que ese consejo, mi ambición y mi maletita, me habían llevado muy lejos, hasta ocupar una de las dos vicepresidencias de la empresa. Diez años después éramos dos las mujeres en el consejo directivo —mi mentora en la presidencia y yo— para el horror de los machistas que se escandalizaban por nuestro éxito y solidaridad.

Siempre había sido una mujer coqueta y atrevida, por lo que un sexy salto de cama vivía en la diminuta maleta, junto con dos blusas formales, mi little black dress, un foulard, mis jeans y un par de flats, además de un par de piezas de ropa interior y mi kit de maquillaje. Era una viajera experimentada, aventurera y lista para toda ocasión. 

Incluso, después de mi matrimonio, cuatro años atrás, me sentía lo suficientemente atrevida para empacar ese négligé transparente para un marido enamorado que solía sorprenderme en las exóticas ciudades a las que viajaba. Pero después de mi segundo embarazo con la amenaza de un aborto espontáneo, los viajes se acabaron, la pasión se enfrió y la maleta pasó a ocupar un rincón del armario de visitas y solo había salido el día anterior, cuando mi jefa me miró con un gesto de angustia y suplica mientras escuchábamos el caos que Martín había ocasionado. 

No sé si fue un gesto de sororidad, mi instinto de negocios, la necesidad de salir huyendo de los pañales, el deseo de aventura o el libro “Di que sí” —que me habían regalado mis amigas y que juraban que les había cambiado la vida (¡¡¡Es un life changer!!!», aseguraban)—, pero de inmediato asentí y llamé a mi asistente doméstica para pedirle que mandara mi equipaje, mi cartera con los documentos de viaje y una gabardina, con el chofer. 

Mis pensamientos se vieron interrumpidos de nuevo por lo que solo podían ser gemidos. Al parecer, el volumen de mi televisor había dado a mis vecinos la confianza que necesitaban. Entonces la escuché:

—¿Quieres que cambie de posición? —dijo ella.

Subí el volumen del televisor antes de escuchar la respuesta del hombre, que seguramente sería afirmativa. Me tomé una copa de whisky y me tumbé en la cama dispuesta a leer, hasta que me sumí en un sueño profundo que tan solo duró unos minutos, pues fue interrumpido por un golpe seco en la cabeza. Evidentemente las cabeceras de las camas de las dos habitaciones estaban separadas por un delgado muro de tablaroca.

—¡Ouch! —exclamé al tiempo que me sobaba la cabeza.

—Lo siento —respondió la voz masculina.

—¡Shhh! — el tono indiscutible de la mujer. 

—No se preocupen, sigan con lo suyo —repliqué riendo, mientras me preguntaba qué haría si me invitaran a acompañarlos. 

Al final, solo nos separaba una puerta que me permitiría unirme a ellos de manera discreta, sin dejar evidencia en las cámaras de seguridad del pasillo del hotel. Claro que diría que “sí”, ese era el consejo de la autora del libro, además de la palabra que me había llevado al lugar en donde estaba, no solo física, sino emocionalmente. Me sentía empoderada y un poco curiosa. Nunca había participado en un trío, pero me decía que este podría ser el momento. Me sentía cómoda con mi físico y lo suficientemente segura para hacerlo, y mis vecinos juguetones sonaban muy interesantes.

Pensé en el ménage à trois hasta que el sueño me venció. Desperté ocho horas después sintiéndome renovada y feliz al recordar mis pensamientos de la noche anterior. Me preparé una taza de café express, me di una ducha y me senté a responder los mensajes que se habían acumulado en mi teléfono y en mi correo electrónico. De pronto, escuché dos golpes en la puerta de la habitación de al lado, seguidos por la voz de una mujer «Servicio de limpieza», dos golpes más, una puerta que se abría y un grito seco. Después, los pasos de alguien que corría por el pasillo, sin duda la camarista. 

Sin pensarlo me enfundé rápidamente en los jeans y en una blusa limpia, me calcé los flats, cerré la maleta y coloqué todo en mi bolso. «Siempre lista», me dije a mí misma asombrándome de mi habilidad para hacer el equipaje en segundos. Si tenía que salir pronto, no dejaría nada detrás. Estaba en modo alerta y solo escuchaba los sonidos de las puertas de otras habitaciones y las voces de los que seguramente, como yo, habían escuchado el grito y se asomaban para saber qué pasaba. 

No pasaron más de tres minutos cuando escuché los pasos de más personas que corrían hacia la habitación de al lado. Por el sonido de los radios, supe que eran los elementos de seguridad del hotel. Me pregunté si tanta pasión en la habitación contigua habría terminado en tragedia. Vi el reloj y me di cuenta de que era hora de dejar de divagar y salir de ahí si quería tomar el vuelo directo para regresar a casa. Abrí la puerta y me topé con dos policías y un hombre que seguramente era detective y que con voz firme me indicó: «¡Regrese a su habitación!».

Debo confesar que no fue su voz de mando lo que me hizo quedarme, fue más bien el morbo de saber lo que había ocurrido. Tenía un asiento privilegiado, en primera fila y escuchaba las voces de los hombres que estaban al lado. Los sonidos de las radios no me permitían entender el hilo de la conversación, pero sí pude escuchar cuando alguien le dijo al jefe que había llegado “la científica”. 

Dos golpes en la puerta que conectaba las habitaciones y mi curiosidad me llevaron a abrir. El detective en jefe entró junto con una de las vigilantes del hotel que había visto la noche anterior y empezaron a interrogarme. Su habilidad para entrar en mi habitación, me impidió ver qué pasaba en la otra. Me preguntaron si había escuchado algo extraño por la noche y me limité a relatar los susurros, voces, gemidos y diálogos de mis vecinos. 

—¿Así es que habló con ellos? —me preguntó muy interesado.

—Solo intercambiamos un par de palabras —respondí, relatando nuevamente para otros dos policías que se habían invitado a pasar, el episodio de la cabecera, guardándome muy bien mis pensamientos.

—¿Puedo saber qué pasó? —me atreví a preguntar.

—Tuvo mucha suerte señorita. La pareja de al lado son un par de asesinos en serie que cazan a mujeres solas en hoteles de negocios. Tenemos meses siguiéndoles la pista. Lo que usted escuchó no eran “jugueteos”; eran ellos descuartizando el cuerpo de la desafortunada ocupante de la habitación de al lado, para colocarla en su propia maleta, una evidentemente mas grande que la suya —dijo el detective con ironía, mientras señalaba mi maletita.

Salí del hotel pálida e indiqué al chofer de la empresa, que ya me esperaba, que me llevara velozmente y sin parar al aeropuerto de Barajas. Después de pasar por seguridad tiré el libro en un bote de basura y di gracias por viajar con una pequeña maleta en la que no cabrían ni mi cabeza, ni todos mis pensamientos locos.

7 comentarios sobre “Vecinos juguetones (Cuento)

  1. Muy buen relato. Tensión salpicada de sonrisas. Imágenes muy poderosas de la habitación y los acontecimientos que tienen lugar.
    Un final maravilloso, que deja un regusto agradable.
    👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻

    Le gusta a 2 personas

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