Un viajero de negocios

Esta es la historia de un viajero de negocios llamado Alain que nunca llegó a su cita. 

Los viajeros de negocios tienen algo extraño y cualquier turista que se los tope en un aeropuerto lo sabe. Ellos siempre de prisa, en traje y corbata, ellas siempre con saco oscuro, camisa de manga larga y zapatillas. No importa cuál sea el destino o el clima, viajan con portatraje, ellos y con diminutas maletas de mano, ellas. Tanto hombres como mujeres con gabardinas de color beige.

El personal de los aeropuertos los identifica a leguas. Su rápido andar y sus ágiles movimientos al sacar sus múltiples artículos electrónicos de los portafolios en las revisiones, los delatan. Actúan como si lo hubieran visto todo, nunca sorprendidos. No hay tiempo. Tienen que llegar a una cita. 

A esa clase de viajeros pertenecía Alain con su portafolios de cuero negro —con iniciales grabadas— y su portatrajes a juego, ambos regalo de su madre. Como cada semana, se sentaba en la misma mesa, del mismo restaurante y pedía exactamente lo mismo: express cortado y un croissant. La misma camarera le servía y le dejaba el desayuno junto con la cuenta y una sonrisa, la cual  Alain nunca veía por estar absorto en la sección de finanzas del diario, pero esa mañana fue diferente.

Mientras esperaba su desayuno, un niño pasó corriendo a su lado, derramando su jugo de uva sobre el diario y entonces la vió. La hermosa camarera que se apresuraba a dejar el pedido sobre la mesa mientras limpiaba el jugo. Ambos se sonrieron y entonces Alain pensó en detenerla, en pedirle su número, en invitarla a salir, en compartir con ella un café y una vida. Todo eso pasaba por su mente mientras ella dejaba el café, el pan y la cuenta, con una sonrisa que detuvo el reloj que Alain tenía en el lugar donde debiera estar el corazón.

Justo cuando Alain pensaba en la frase que estaba seguro repetiría el día de su boda, cuando contara la anécdota de cómo había conocido a la camarera No. 27 (eso decía la cuenta), el altavoz anunció un cambio de sala del vuelo 913. Alain sacó unos billetes, bebió el café de un trago y tomó su croissant. La próxima semana la invitaría a salir.

Corrió con ese extraño trote que tienen los viajeros de negocios por todo el aeropuerto, hasta llegar a la sala donde abordaría el vuelo. Entró al avión y se deslizó ágilmente hasta su asiento. De pronto un sentimiento extraño lo invadió. Él siempre tan seguro en su asiento, el 1A, tenía la sensación de que algo andaba mal. Se levantó y revisó su equipaje; el portatrajes y el portafolios estaban en su sitio, su gabardina y saco estaban colgados en el armario de primera clase, su cartera y su móvil estaban en su bolsillo. ¿Qué le hacía falta? Y entonces lo supo, era su diario, aquel que había perdido en el café. 

De regreso a su asiento esperó a que la sobrecargo le ofreciera una bebida y algo para leer, pero las puertas se cerraron y los diarios nunca llegaron. Tuvo que conformarse con observar lo que había del otro lado de la ventana en lo que alcanzaban los 10,000 pies y pudiera sacar su ordenador portátil. Afuera había un mundo. Desde su asiento podía ver a los cientos de viajeros que transitaban en la terminal aérea, unos con un rápido andar, como el suyo y el del resto de los viajeros escondidos detrás del diario en su cabina. Los otros, relajados, en ropa casual, con bolsos de colores y algunos hasta con sombrero, esos que no tenían prisa, que se detenían en cada ventana a ver los aviones, esos que compraban objetos extraños en las tiendas, los llamados turistas.

El avión comenzó a moverse y Alain empezó a observar, maravillado, el despegue de los aviones. Volteó a ver al pasajero del asiento de al lado, pero estaba oculto tras las páginas de un diario. ¿Cómo era posible que nadie se percatara del milagro que la aviación moderna significaba? El avión se elevaba y la ciudad en la que él había vivido toda su vida, se le presentaba de pronto. Conforme ganaban altura vio por primera vez los volcanes nevados que rodeaban el valle. Como si fuera un niño, Alain sonreía. Sacó entonces su móvil y tomó su primera foto desde un avión. Por primera vez en su vida no trabajó abordo, solo observó el paisaje. De pronto, el avión comenzó a estremecerse y la señal de abrochar los cinturones se encendió. Por primera vez la turbulencia lo sorprendió, pero todos los viajeros escondidos detrás de las pantallas de sus ordenadores portátiles parecían no notarlo. 

Alain se dio cuenta de que la vida era muy distinta a lo que él conocía y se prometió que a partir de ese momento la viviría de verdad. Cerró los ojos pensando en lo que debía de hacer. Tan solo al aterrizar iría a firmar aquel contrato y regresaría al aeropuerto para tomar un vuelo de regreso. Si se apresuraba, tal vez podría alcanzar a la camarera No. 27 antes de que su turno terminara y entonces podría invitarla a tomar un café, a cenar, a ver una película, esa y todas las noches. Se imaginaba cómo sería su boda y su vida, su casa con un jardín y un par de niños jugando con un perro. 

Cuando el vuelo 913 tocó tierra, todos los viajeros de negocios se apresuraron a tomar sus portatrajes y sus portafolios y a descender de inmediato como si ya fueran tarde a sus citas, aún cuando el vuelo se había adelantado quince minutos. Los turistas descendían a su tiempo, lentamemente, bloqueando a los desafortunados viajeros de negocios que iban en clase turista. El avión, poco a poco se vació y cuando la tripulación se preparaba para descender, una sobrecargo vio al pasajero del asiento 1A dormido, con una gran sonrisa. Se acercó para despertarlo, pero hacía rato que Alain ya no habitaba ese cuerpo. Un infarto fulminante lo había atrapado mientras soñaba con la vida que él creía, tenía por delante.

A la mañana siguiente un viajero de negocios pedía un café y un croissant mientras leía su periódico. Al llegar con el pedido, la camarera No. 27 se desvaneció, derramando la taza de café sobre el diario, abierto en la página que contenía la esquela fúnebre con una foto de Alain. Cuando recobró el conocimiento, sus compañeras, que reconocieron a Alain en la esquela, le preguntaron la razón de sus lágrimas y ella respondió: «Ayer soñé que él y yo nos casábamos, y que nuestros dos hijos jugaban con un perro en el jardín de nuestra casa».

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