Aviones de papel

El encierro tenía a María fastidiada. Estaba segura de que estaba enloqueciendo, pero es que con cada día que pasaba, su apartamento se hacía más pequeño, tanto que ya no necesitaba prender la calefacción y que ahora solo le tomaba tres pasos llegar a la pequeña cocina para prepararse un café por la mañana.

Era la mañana veintitrés de la cuarentena. Bebió el último sorbo de su café y leyó la última línea de la última página del último libro que le quedaba por leer. Era oficial, había leído todos los libros que tenía en casa. Pensó en dedicarse a otras actividades, como recomendaban los diarios, pero no tenía ordenador, ni televisión, ni internet, ni redes sociales. Organizar el armario tampoco era una opción, tenía muy pocas cosas y todas estaban en su sitio. Salir no era una opción. A causa de la pandemia, las autoridades habían pedido a todos los ciudadanos permanecer en sus casas. 

Se preguntaba cómo hubiera sido su vida de haberse casado con aquel novio con el que vivió un tiempo. Pero conocía la respuesta. Él no era amable con ella y podía incluso volverse iracundo. María lo había descubierto una mañana en que él le había gritado por no haberse peinado temprano. Su relación de años había terminado el día en que él la había abofeteado por no estar lista a tiempo para salir. Ella había dejado el piso que compartían y así es como había llegado a este minúsculo apartamento que nunca había sentido como suyo, hacía ya dos años. Tomó una hoja de papel y escribió: «Sola, desesperada y a punto de volverme loca. ¡Cómo me gustaría poder volar lejos de esta jaula de concreto!»

Arrancó la hoja y justo cuando estaba por romperla para tirarla al cesto de basura, un avión de papel aterrizó en la pequeña mesa. De inmediato se dio cuenta de que había entrado por la única ventana, que daba a un callejón. Se asomó, pero no vio nada. 

Sin nada mejor que hacer, admiró el avión de papel. Alguien lo había elaborado con la página de un libro antiguo. Era un poema de Neruda:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche…”

Pablo Neruda

Y entonces María se sentó a escribir versos tristes sobre la soledad que la acompañaba desde niña. Nunca conoció a sus padres ni supo lo que era una familia de sangre, más allá de sus hermanos de orfanato y de las amables monjas que lo dirigían. En ese instante se sintió mal por no haber hablado con ellas en años; tomó el teléfono y llamó a casa. 

Al día siguiente, despertó feliz. Aún era parte de una familia y había prometido a la madre superiora ir a visitarlas en cuanto la cuarentena terminara. Incluso sor Andrea la había invitado a mudarse al convento para que no estuviera sola, pero María le había dicho que no era prudente. Las monjas estaban enclaustradas y más valía que permanecieran así. Hacía años que el orfanato se había trasladado a la ciudad, así es que quedaban solo ellas en aquel hermoso convento en las montañas.

Mientras pensaba en sus hermanos de orfanato, otro avión entró por la ventana. Esta vez era un poema de Mutis:

Hay cosas que nos llegan demasiado pronto y otras demasiado tarde.”

Álvaro Mutis

Siempre sintió que los sueños se le habían acabado en el momento en el que había abandonado el orfanato para irse a estudiar a la universidad.  Las monjas le habían ayudado a conseguir una beca y un patrocinador, que se había encargado de cubrir sus gastos. En ese momento recordó a don Jaime y a su esposa, una generosa pareja que nunca pudo tener hijos, pero que siempre apoyó económicamente al orfanato. María, llamó entonces a doña Remedios, quien se alegró de recibir su llamada. Charlaron los tres por horas  y ella prometió ir a visitarlos en cuanto le fuera posible.

La siguiente mañana esperaba con ansias el avión de papel, que esta vez traía las letras de Machado:

Abril florecía frente a mi ventana…”

Antonio Machado

María tomó una hoja de papel y empezó a pintar las flores que solía ver en el jardín del convento. Hacía años que no pintaba, pero no había perdido la habilidad. Buscó sus acuarelas en las cajas que tenía en el armario y pasó el día entero pintando. Tuvo entonces una idea, decorar aquel muro blanco. Abrió la bodeguita y encontró las latas de pintura que había comprado cuando se mudó a ese sitio. Ella pasaba, antes, tan poco tiempo en casa. Siempre ocupada, siempre trabajando, siempre sin tiempo.

Pasaron varios días sin recibir aviones de papel, pero su mural avanzaba. Había pintado un prado lleno de flores, una imagen de su pasado. Recordó entonces los felices momentos que había compartido con sus hermanos de orfanato. El teléfono sonó. Una de sus hermanas le llamaba. La madre superiora, a quien también había llamado, le había dado su número. Tenían más de diez años sin hablar, pero las horas que pasaron en la línea fueron un regreso al pasado. Ambas charlaron como lo hacían cada noche antes de dormir. En un abrir y cerrar de ojos, ambas compartieron lo que habían pasado en una década. Se prometieron llamarse a diario y no volver a separarse. Descubrieron que las dos vivían en la misma ciudad y que las oficinas donde trabajaban estaban muy cerca.

El cuarto avión de papel tenía las letras de Benedetti:

No te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo, aceptar tus sombras, enterrar tus miedos, liberar el lastre, retomar el vuelo…”

Mario Benedetti

Y eso haría, nunca más se encerraría en su mundo por sí sola. Regresó a pintar y a escribir poemas como cuando era niña. 

En la mañana 40 estaba terminando su mural cuando escuchó la noticia en la radio. La cuarentena había llegado a su fin. Los científicos habían encontrado una vacuna, y el gobierno preparaba las medidas para que los ciudadanos pudieran regresar a sus actividades. Se preparaba una campaña intensiva de vacunación. En diez días se calculaba que todos podrían salir y retomar sus vidas donde las habían dejado, decía un comentarista. Ella no, ella iniciaría una nueva. 

Tal y como lo había acordado con su hermana, nunca más se permitirían andar a solas por la vida. Eran parte de una gran familia y habían localizado a muchos de sus hermanos. Ya planeaban una gran reunión en el convento. Don Jaime había prometido llevar un grupo musical para que pudieran bailar como lo hacían cuando celebraban el cumpleaños de doña Remedios. Observó los aviones de papel y los metió entre las páginas de su diario. Esperaba algún día poder agradecerle a la persona que los había hecho por haberle regresado la esperanza. 

Abrió la puerta cuando vio un camión de salubridad estacionado en la calle y corrió a recibir la vacuna. Salió tan apresuradamente que olvidó verse al espejo o pasarse siquiera el cepillo. Su cabello rizado era una maraña y su rostro no tenía pizca de maquillaje. 

Agradeció a los enfermeros que vacunaban a todos en su calle y se fue de regreso a su piso. Justo en el momento en que iba a entrar a su edificio, un avión de papel aterrizó a sus pies. Se agachó para tomarlo y miró al creador, un pequeño niño de dulce rostro que le sonreía con los pocos dientes que le quedaban. Alguna vez lo había visto entrar al edificio de enfrente con el hombre que creía era su padre.

—¡Mario! Más cuidado. Has golpeado a la señorita con tu avión.—dijo aquel hombre joven y atractivo que María había visto antes.

—Lo siento papá. Perdóname bonita.—exclamó el chiquillo.

—No hay cuidado cariño. De hecho tengo que agradecerte por todos esos avioncitos que entraron por mi ventana. Me alegraron los días. —respondió María. 

—Lo siento, pero mi niño estaba muy aburrido. Desde hace un año somos sólo los dos ¿sabes? Ni siquiera pude reñirlo por haberlos hecho con uno de mis viejos libros.—exclamó el hombre con una sonrisa y los ojos más tristes que María hubiera visto.

—Esas palabras eran justo lo que necesitaba para vivir. Gracias a los dos.—respondió ella sonriendo.

—Espero me permitas, nos permitas invitarte un día de estos una taza de chocolate—dijo él nervioso y con una sonrisa al tiempo que María asentía con la cabeza y abría el avión de papel que decía:

Mereces un amor que te quiera despeinada…”

Frase atribuida a Frida Kahlo

Después de charlar por un buen rato con ellos e intercambiar teléfonos, María regresó a su hogar y escribió en su mural:

No fuiste antes ni después, fuiste a tiempo…”

Jaime Sabines

5 comentarios sobre “Aviones de papel

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